La maleta roja: un cuento de suspenso psicológico
- Irving Arreguin
- hace 3 días
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El hombre arrojó la maleta sobre la cama, su rostro pálido se asemejaba a la luz parpadeante de la habitación.

—Me iré, lo haré esta vez —dijo, con la garganta abnegada.
Ella no habló, sus ojos inánimes lo observaron con terror. Él metió su chamarra y dos pantalones, sus manos temblaban con cada movimiento. Vació el único cajón de la habitación con sus pertenencias: cuatro playeras idénticas, un par de trusas y un anillo brillante. Se detuvo un momento a admirarlo. Abrió la boca y observó el rostro de su esposa.
«Aún puedo remediarlo», pensó, al mismo tiempo que observaba con emoción iracunda la licuadora que no dejaba de moler.
—¡Dijiste que te irías! —gritó ella.
Él vio el gesto de su esposa reflejado en el fragmento dorado y recordó la caminata al altar y lo felices que se veían pensando en que aquello sería para siempre. Sin embargo, el ruido de la licuadora que parecía moler piedras, comenzó a irritarlo.
—¡Vete antes de que me hagas daño!
—Me estoy yendo —susurró apenas, pero su voz fue apagada por los alaridos de su esposa.
—¡Vete ya! —Le exigió. No dejó de gritar que tenía miedo.
—Guarda silencio.
Él volteó la maleta y al tacto la percibió húmeda. Observó su mano, estaba roja y húmeda.
—¡Si no te vas de aquí llamaré a la policía!
—¡Cállate!
El hombre miró por encima de su hombro, en la cocina, justo al pie de la licuadora, estaban los zapatos y el pantalón de su esposa.
—Por favor —suplicó y su voz se convirtió en un hilo quebradizo—, por favor, vete antes de que alguien salga lastimado.
—Sólo deja de hablar —suspiró, tomándose los cabellos por la nuca.
—¡Vete!
—Silencio.
—¡Vete! —espetó, pero sabía que sus reclamos permanecerían enclaustrados dentro de la cabaña, en medio de un bosque alejado de la urbe.
Él quiso abrazarla y regresar el tiempo, justo antes de que la habitación se volviera un manicomio rojizo. La licuadora siguió triturando mientras los gritos escalaban, aquello parecía un campo de exterminación. Respiró hondo una y otra vez, tratando de silenciar el ruido externo de su mente, hasta que, súbitamente, todo se convirtió en un mutismo aterrador. Suspiró tras la tregua esbozando una serena sonrisa.
Con el ánimo mejorado, prosiguió guardando las cosas en la maleta: su cojín, su cepillo, un libro, el ultrasonido, el rostro de ella.
—¡Vete! —su voz reverberó para después diluirse.
—La boca —suspiró desesperado—, tenía que haber sido la boca —cerró la maleta.
Gracias por leer este cuento de suspenso psicológico.