LA PLAÑIDERA - Un cuento distópico
- Irving Arreguin

- 29 jul
- 14 min de lectura
Sinopsis: En una sociedad donde mostrar dolor es un lujo prohibido que atenta contra el estatus y la productividad, un hombre contrata a una plañidera para que ocupe su lugar y le llore durante siete días al cuerpo de su esposa. Sin embargo, a medida que pasan las jornadas, la mujer no solo simula el luto en la sala, también comienza a desenterrar los secretos, diarios y verdades ocultas de la difunta, obligando al protagonista a enfrentarse a una aterradora certeza sobre la desconocida con la que compartió su vida.
Escuché la cafetera zumbar en la cocina. Anudé mi corbata, abotoné mis mangas, me agaché para lustrar mis zapatos y volteé hacia la cama sin encontrarla. Un escalofrío recorrió mi cuerpo y me paralicé al observar el hueco que había dejado su cabeza en la almohada después de tantos años.
El llanto de Margarita en la sala me trajo de regreso a mi nueva realidad. La plañidera había comenzado con esos gemidos que no recordaba desde la muerte de mi madre. Cerré el portafolio y salí de la recámara principal. Los señores de la funeraria ya se habían retirado. Dejaron el cuerpo de Tania perfectamente alineado sobre el ataúd de madera blanco —me hizo saber el color que quería para su féretro en una de las tantas pláticas nocturnas, mientras estábamos sentados en el sofá donde ahora Margarita se preparaba para trabajar—; pusieron una cruz llena de crisantemos y cempasúchil resguardando su cuerpo y cuatro sirios a sus pies.
Mi esposa no estaba contenta con la idea de recibir a una persona que le llorara a su cuerpo en la intimidad de la casa. Su familia, la que me permitió conocer, nunca obtuvo los recursos que dan las empresas a los que aceptamos que nuestra energía sea vertida a sus servicios, incluido llorar. Más de cuarenta músculos faciales son estimulados y la frecuencia cardiaca aumenta. El contrato de la plañidera decía que al menos unas veinte zonas cerebrales se activan simultáneamente cuando el humano sufre algún dolor físico o mental. Esta inversión energética podría dar horas de trabajo bien pagado. Tuvimos diversos problemas mientras ella convalecía en cama, me hizo saber su postura ingenua al no comprender cómo podíamos simplemente no permitirnos llorar por la muerte de un ser querido, mientras tanto, yo le expresé mi inconformidad porque ella prefería ser vulnerable y perder un estatus que, al menos en mis antepasados, no se había perdido en muchos años. No era fácil para mí tener una casa con todos los servicios en un mundo lleno de vagabundos, como su familia, mantener la cordura mental en lugar de desquiciarse por el ocio acumulado de no hacer nada. Aunque, en la última semana de vida, tal vez por amor o por decidir no morir discutiendo conmigo, terminó aceptando el servicio: «Ni loca permito que arriesgues tu riqueza», me dijo, con una sonrisa más falsa que el llanto de la plañidera que se quejaba con amargura en mi sala.

—¿Necesita algo más? —le pregunté a Margarita, que vestía de negro, desde su pantalón planchado con finura hasta su saco cerrado, que parecía ser un par de tallas más grande.
—Un poco de café, por favor. —Su mandíbula tembló con cada palabra, después colocó un par de lágrimas artificiales sobre cada lagrimal.
Miré el reloj; era tarde, pero, bajo contrato, yo debía cumplir con todas las comodidades en su estancia en casa por siete días. Le serví una taza y el lúgubre silencio provocó que pudiera escuchar las burbujas calientes verterse sobre la cerámica. La quietud me hizo mirar atrás. Margarita seguía ahí, con la mirada perdida, como si quisiera encontrar una explicación a su muerte tan repentina. Se cubrió el rostro con las manos mientras hundía los codos en sus muslos y se lamentó en silencio. Luego se puso de pie y acarició el cabello de Tania con una ternura tal que me hizo estremecer.
—Aquí tiene —dejé la taza de café sobre la mesa de centro para no romper con la conmovedora escena.
Margarita no quitó la mirada del rostro de mi esposa.
Tomé mi maletín y me acerqué a la salida. El aroma a café y al perfume de Margarita hizo que, por un momento, olvidara el de Tania. Abrí la puerta y me quedé parado un segundo, cediendo al recuerdo de mi esposa abalanzándose sobre mi espalda para rogarme entre juegos que no me fuera, que me quedara y me quitara la ropa para que hiciéramos el amor. Sonreí con ligereza. Sin embargo, desde la sala, Margarita soltó un llanto ronco y profesional.
—Debe irse… —escuché entre gimoteos.
Cerré la puerta y observé el moño negro en lo más alto. El vecino Tadeo, que regaba sus plantas, se fijó en el adorno luctuoso y luego levantó la mano.
—¿Qué tal el trabajo? —preguntó, sonriendo.
—¡Igual que siempre! ¡No espera por nadie! —le devolví el gesto.
Tomé el primer camión que iba para la Ciudad. Saqué mi celular y me percaté que el fondo de pantalla podía ser un problema en mi esfuerzo por no llorar: mi esposa y yo abrazados, sonriendo con restos de pastel en toda la cara el día de nuestro octavo aniversario de casados. Entré a ajustes y la borré. Dudé en poner una foto que me había tomado Tania mientras construía la mesa donde comimos por tantos años. Lo apagué y noté mi reflejo, mis ojos estaban enrojecidos. Tomé una bocanada de aire, intenté limpiar cualquier rastro de dolor, y cuando regresé la vista al camino, ya había llegado a la oficina.
—¿Cómo va todo? —Me recibió Marco, mi compañero—. ¿Cómo va la familia?
Crucé los brazos, haciendo que mis antebrazos formaran una cruz de tesoro de pirata sobre el pecho. Él se llevó las manos a la nuca, como una acción que se interpusiera con cualquier consuelo de su parte. Negué con la cabeza mientras observaba cómo los demás compañeros miraban mi señal con el rostro pálido, murmurando entre ellos y, seguramente, preguntándose sobre quién había muerto en mi familia. No todos estaban acostumbrados al servicio de plañideras, aun aquellos que recibían el apoyo, lo hacían para sobrevivir, para no regresar a las calles con la locura acortando sus vidas.
—Bueno, ¿saliendo de acá nos vamos a ver el partido? —Hizo un intento por no abrazarme.
—Hoy no creo. Dentro de siete días. Apenas firmé el contrato.
Marco me observó como yo lo había hecho en el espejo mientras me anudaba la corbata, como si quisiera darme permiso de extrañarla. Él también la había conocido; noté un ligero sentimiento queriéndose asomar a través del temblor en sus párpados, le di una palmada en el hombro y luego sonreí como si mi esposa no acabara de morir.
El día pasó como tenía que ser: ocho horas pegado al monitor, demostrando la productividad que el ser humano puede dar sin importar las inclemencias. Como Hernández, para quien desde hace un año ya no había razón para festejar el Día del Padre, o Ramírez, que decidió no colgarse de la viga y venir a trabajar a pesar de los cuatro ataúdes en su casa.
El segundo día, mientras preparaba el lunch para ir a trabajar, abrí dos bolillos por la mitad; me detuve con el cuchillo en la mano y luego arrojé el pan sobrante a la basura, tenía que habituarme a preparar comida para uno. Miré al fondo, Margarita no se había separado de ella ni un minuto. Empero, ahora sus gestos denotaban cansancio, aunque había logrado dormir en la madrugada, pude escucharla expulsar lamentos. Me pareció bastante profesional, muy creíble. Me paré frente al ataúd con mi maletín en la mano. No me atreví a ver a Tania; no quería terminar metido en el baño quitando las lágrimas sobre mi rostro destrozado para que la plañidera no diera la orden de suspender todo lo que había logrado tras tantos años de trabajo. Suspiré y procuré calmarme.
—¿Ya se va? —preguntó, y se llevó un pañuelo a la nariz que no dejaba de gotear.
Asentí con la cabeza. Me fue imposible no notar lo blanca que estaba Tania con los brazos cruzados sobre su pecho que ya no respiraba; sin embargo, parecía que dentro de ella todavía existía una entereza en la piel y en los huesos, como si en cualquier momento fuera a abrir los ojos y a hacerme un espacio a su lado para recostarnos, como apenas hace dos días todavía lo hacíamos.
—Es mejor que se vaya —me dijo Margarita, con un tono militar.
No le contesté de inmediato. Di un paso hacia el féretro y deslicé mi dedo índice sobre el cristal.
—El contrato estipula…
—Lo sé —la interrumpí, y continué mi camino hacia la puerta—. ¿Hoy se la llevan, no es así? —pregunté, antes de girar la manija.
Ella lo confirmó y me dijo que seguiría acompañándome por seis días más hasta que su alma estuviera descansando. Quise saber el destino de Tania; todavía no me asignaban un espacio para poder visitarla en el panteón. No obstante, no tenía ganas de escuchar reprimendas sobre mi disidente comportamiento, ni sobre que era mejor no llorar y dejarle toda la culpa y el dolor a la plañidera.
—Disculpe —Margarita se puso de pie sin dejar de observar el cuerpo—. ¿Será posible que pueda buscar un poco de Tania en esta casa? Cosas personales que me hablen de ella.
Alcé los hombros, supuse que necesitaba conocerla un poco para que su luto tuviera algo de humanidad.
Aquel día, Marco, con una paciencia desbordante, trató de llevar la charla del trabajo a actividades rutinarias. Me habló sobre lo mal que la pasaba en casa cuando su suegra los visitaba, como si quisiera dibujar su matrimonio como un fastidio mostrando mi suerte por vivir completamente solo; también me dijo que había encontrado una nueva cancha de squash donde podíamos jugar. No contesté nada; tenía que concentrarme en el trabajo y tratar de no pensar en la manera absurda en la que Marco quería que olvidara todo. Mantener el puto hocico cerrado hubiera sido mejor que su intento por consolarme. Pero fue inútil. Cuando intenté recordar a Tania y esa sonrisa fanfarrona que no alcanzaba a erigirse completamente sobre su rostro, la que enmarcaba un hoyuelo en su mejilla derecha, apareció el desgraciado gemido de Margarita en mi sala, tumbada sobre el ataúd de mi esposa, sorbiéndose los mocos mientras gritaba cada dos minutos: «¿POR QUÉ TUVISTE QUE MORIR TAN JOVEN?».
Por la noche, cuando el cuello de la camisa había perdido la forma rígida y me había cansado de fajarme correctamente cada vez que me sentaba, llegué a casa con la intención de llorarle a Tania. Lo planeé en el camino de regreso: aprovecharía cuando Margarita fuera al baño o esperaría a que se quedara dormida por el cansancio para aventarme dentro del ataúd, abrazarla, besarla y arrancarle un mechón de su cabello y luego lo pondría sobre su almohada para volver a oler ese aroma a vainilla y jazmín que estaba por desaparecer de mis recuerdos. Tal vez ella tenía un poco de razón: permitir que alguien más sufra por uno es como dejarle vivir por uno.
Pero, al abrir la puerta, solo encontré mi mesa en medio de la sala, con las dos sillas que había armado con la ayuda de Tania, en lugar del ataúd que estúpidamente había abandonado en la mañana para irme a trabajar sin decirle adiós.
—Se la han llevado —me dijo Margarita.
Lloró como el primer día, pero esta vez no necesitó lágrimas artificiales. Ella se mantuvo inmóvil.
—Lo sé —contesté. Traté de exhalar la rabia que se acumuló en mi cuerpo por no poder despedirme.
Ya no vería más su rostro, su cuerpo ya estaba en otro lugar y yo seguía aquí. Fui a mi habitación, aventé el maletín sobre la cama y abrí los cajones con desesperación, pensé que todo había acabado, que se había esfumado, que ya no podría volver a encontrar rastros de ella en esta casa. Sin embargo, ahí estaba, en la segunda gaveta del tocador donde cada mañana se planchaba el cabello frente al espejo: una botella de su perfume con las últimas gotas que amenazaban con evaporarse. Lo abrí, lo exhalé y por un instante su imagen apareció en mi mente. Pero la puerta se abrió.
—No quiero molestarlo —dijo Margarita, con los ojos hinchados de tanto llorar—, pero creí escucharlo sufrir.
Volteé hacia el espejo con el corazón saliéndome por la boca. En ese segundo vi cómo desaparecía mi casa por un momento de debilidad; no obstante, mis ojos seguían blancos, sin lágrimas.
—¿Me veo mal?
—¿Debería verse mal?
Cerré el cajón con fuerza, pero ella no se marchó. Su vista se clavó en la fotografía que colgaba de la cabecera de la cama: era Tania en su graduación. A ella nunca le gustó que estuviera ahí, pero a mí me encantaba cómo se veía. Con una toga negra y un birrete azul sobre su piel nívea, sostenía el título de psicóloga que tanto la diferenció de su familia, la cual vagaba por las calles con la locura persiguiendo sus días ociosos. Sonreía sin saber que, ocho años más tarde, moriría y una completa extraña, en contra de sus deseos, le guardaría luto.
—¿Qué estudió? —preguntó, sin dejar de observar la imagen.
Cerré la puerta, apagué la luz y me fui a dormir, con la intención de no escuchar esos plañidos que comenzaban a causar escozor en mi piel, como si Margarita quisiera matarme con sus llantos.
Los siguientes días empeoraron. Al quinto, al llegar a casa pasadas las ocho de la noche con el cuello de la camisa sudado, abrí la puerta y esperé que la fragancia a cempasúchil me recibiera como el vaho cálido y nauseabundo de las jornadas anteriores. Sin embargo, fue el amargo aroma del café el que me dio la bienvenida. En la cocina, frente a mi estufa, estaba Margarita con la cabeza sumida en alguna lectura; en la mano sostenía la taza favorita de Tania.
—¿Qué está haciendo?
No fue necesario cruzar la sala; le grité desde la puerta. Detuve mi andar agresivo cuando ella se giró hacia mí. Su rostro con ojeras, sus labios secos y el cabello sin brillo… toda ella estaba diferente.
Le pregunté qué demonios estaba haciendo con la taza de mi esposa. Las venas de mi rostro hablaron por mí. Apreté el maletín con fuerza hasta que mi mano se puso blanca. Ella la regresó a su lugar, con un rostro diferente al de los demás días. Ya no lloraba como queriendo inundar la sala; ahora se veía triste de verdad, como si el sol no fuera a salir más. De cierta manera, se veía como debería verme yo. Sus ojos se perdieron en la hendidura de mi dedo anular y luego comenzó a llorar. Más bien, a sufrir. Sus gemidos me erizaron la piel. Por un momento le creí.
—¿Está bien? —pregunté.
Pensé que había sido demasiado impertinente antes. Sin embargo, cualquier rastro de compasión de mi parte hacia Margarita desapareció cuando observé el diario de mi esposa al lado de su taza favorita, abierto de par en par. Aquella intrusión no la había hecho ni siquiera yo, yo que sí la amaba.
—No sabía que ella no podía ser madre —dijo. A su voz, el sonido de las hojas del diario al pasar lo acompañó, cortó el mutismo, cortó mi paz—. Tania de verdad quería tener a alguien a quien cuidar, con quien entretener su tiempo.
Dejé caer el maletín, mi fuerza se esfumó como el vapor del café. Por años lo habíamos intentado. Incluso jugamos a elegir nombres y a combinarlos con nuestros apellidos, pero nunca se embarazó. No sabía que ella había ido al doctor, escondiendo el resultado de la falla en su cuerpo. Me encerré en el cuarto. Enterré la nuca en la almohada de Tania y me golpeé el pecho, me odié por no haber preguntado. ¿Cómo habría sido enterarse de que no podía ser madre, sola? ¿Dónde carajo estaba yo? Tuvo que morir para que una plañidera, intentando sentir el dolor que yo no puedo permitirme, indagara en nuestra intimidad y la descubriera.
Me agaché hasta el cajón y lo abrí; ya no estaba nuestro álbum de fotos.
—¿Dónde está? —Regresé a la cocina, Margarita seguía leyendo.
—¿El qué?
—Las fotos —sentí la amenaza de una humedad queriendo brotar, pero me contuve.
Ella señaló la mesa sin dejar de observar mis ojos iracundos, que parecían ceder al dolor. Tragué saliva. Vi el álbum de pasta roja cerrado con la intención de entender por qué no había confiado en mí tanto como yo en ella. Sin embargo, la plañidera habló:
—Una hija de usted hubiera sido hermosa —sollozó, con las lágrimas cayendo por su barbilla redonda mientras sonreía—. Sobre todo, si Amelia hubiera sacado sus ojos.
—¿Amelia?
—Ella quería ese nombre —tomó una fotografía del álbum y se llevó las manos al pecho, e intentó tranquilizar su pulso alterado—. Igual que su hermana.
—¿Hermana? —Mi estómago comenzó a cerrarse, como si en cualquier momento fuera a partirme por la mitad.
—La que falleció —se dejó caer en la silla.
Golpeó la mesa con los puños y gimoteó con demasiada tristeza, como si fuera ella la que no hubiera podido embarazarse, como si no se diera cuenta de que yo no tenía una puta idea de quién era Amelia. ¿De qué hermana me estaba hablando? De pronto, como una línea de polvo en medio de un tornado que desaparece, aquella imagen de Tania en mi cabeza —con la media sonrisa, el hoyuelo en la mejilla derecha y su aroma a vainilla con jazmín— pareció diluirse con cada palabra que Margarita decía. ¿Estaba sintiendo celos? Experimenté esa emoción que tanto me prohibí por la inocente creencia de que la conocía en su totalidad: desde ese gesto con el que se revolvía el cabello con la mano y arrugaba la nariz para ocultar su molestia, hasta las camisas escotadas que usaba las noches que quería coger, a pesar de que siempre se quejaba de sus pechos pequeños. ¿Qué más no conocía?
—Lamento mucho su pérdida… —sentenció la mujer del saco antes de apagar las luces de la sala.
El sexto y penúltimo día, un sábado, el luto profesional de Margarita me despertó muy temprano. Me levanté y toqué el lugar vacío a mi derecha. Me quedé paralizado y pretendí descifrar si aquel aroma a huevo en aceite era una pesadilla. Sentí un picor en mi garganta solo de imaginar la aberración que Margarita estaba cocinando. En casa odiábamos el olor, el sabor y ese sonido peculiar del huevo chisporroteando.
—Justo a tiempo —Margarita terminó de servir el desayuno. Ya no llevaba el saco negro cubriéndola del frío; tenía un suéter tejido de color azul.
—¿Qué es esto? —En la mesa había dos platos con huevos sobre arroz.
—El platillo favorito de Tania —sonrió.
Mis dedos temblaron mientras sostenía el respaldo de la silla.
—Los martes, cuando ella se quedaba sola y usted se iba a jugar squash con Marco, comía con culpa, pero comía feliz…
—¿Culpa?, ¿culpa de comer un platillo que me dijo odiar? Créeme que ese es el menor de mis problemas, Margarita.
Ella se sonó la nariz en una expresión que en otro momento me hubiera provocado abrazarla, pero solo sentí aberración y asco. Pensé en salir, ir por Marco y contarle todo sobre la mujer que había muerto en mi casa hace seis días, pero Margarita terminó de sollozar:
—Sentía culpa por la casa…
La miré, me esforcé por adivinar el nuevo secreto del que yo, otra vez, sería el último en enterarme. Ella no dejó de observar mis nudillos enrojecidos.
—Tania nunca dejó de ser quien era, aunque cambió por usted.
«Cambió ante mí, no por mí».
—¿Qué hay con la casa? —Mis palabras salieron a trompicones.
—Cuando Tania perdió a su hermana, ustedes ya estaban casados. El funeral se colmó de dolor, de dolor de verdad. Ella estuvo ahí, siete días llorando…
No sé qué era peor: si haber descubierto la vida de una mujer diferente a la que me había enamorado, o que estaba a punto de perder todo lo que yo mismo había cuidado, anteponiendo mi riqueza a mis emociones. Ahora tenía todo el derecho de llorar, pero, ¿qué debía llorar? ¿Rabia? ¿Recuerdos?
—Ella lo amaba de verdad…
—¡Fuera de mi puta casa! —le grité, encajándole mis dedos en el brazo para arrastrarla afuera.
Margarita se detuvo en el umbral e intentó quitarse el suéter para devolverlo.
—¡Ella odiaba el azul! —espeté.
—¡Al contrato le falta un día! ¡Todavía no ha perdido todo!
Salí de la casa y la aventé contra el pavimento. Una nube de polvo se levantó formando una cortina de tierra. Cuando se disipó, el vecino Tadeo, que regaba sus plantas, levantó la mano, sonriendo.
—¿Qué tal el trabajo?
—¡Tu puta madre! —contesté, y azoté la puerta.
A la mierda la casa o lo que quedaba de ella, a la mierda el trabajo. Ahora quería probar un poco de eso que mi esposa tenía a manos llenas: libertad. Intenté llorar por Tania, por lo que creía conocer, por la mujer con la que me casé y con la que viví ocho años. Reuní las dos gotas de perfume, su almohada que aún olía a vainilla y nuestro álbum; lo puse en la mesa y olfateé como un sabueso hambriento. Nada. Abrí el álbum en nuestra noche de bodas. Ella llevaba el vestido que supuestamente había elegido por lo brillante que era. ¿Esa realmente fue su elección, Margarita? Observé la foto una, dos, tres veces. Nada. Abrí su puto diario en la primera hoja; era su letra, había un corazón con su inicial al lado de la mía. Nada. Me golpeé el pecho con fuerza. Mantuve los ojos abiertos, recibí el viento seco de la casa, hasta que los sentí resecos y dolorosos. ¡Nada! Grité su nombre y traté de que mi voz la hallara en algún recuerdo, pero de mis ojos no salió nada.
Por Irving Arreguin




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