Secretos de un diván - GMRojano
- Umbrícola

- hace 2 horas
- 5 min de lectura
SINOPSIS
Secretos de un diván es un relato de GMRojano publicado en Revista Umbrícola. Ambientado en una sombría clínica del París de posguerra, la historia sigue el encuentro nocturno entre Pierre, un soldado incapaz de huir de los recuerdos del frente, y el doctor Gregori, un psiquiatra que intenta sostener a los demás mientras se desmorona en silencio. A través de una conversación sofocante, el cuento explora la culpa, el luto y la transferencia de emociones.
La lluvia llevaba horas golpeando los cristales de la clínica cuando Pierre apareció en la puerta. No llamó. Simplemente entró, empapado hasta los huesos, dejando un rastro de barro sobre las baldosas blancas del pasillo.
Gregori levantó la vista del escritorio. Aún tenía delante el expediente de Didier Moreau, cerrado apenas unos minutos antes. Sobre la portada, una pequeña mancha de agua había deformado la tinta de una sola palabra: suicidio.
—Creí que no volvería esta noche —murmuró el psiquiatra.
Pierre dejó escapar una risa ronca mientras se quitaba el abrigo mojado.
—Yo también lo creí.
Olía a tabaco húmedo, alcohol barato y calles enfermas. París llevaba meses convirtiéndose en una ciudad de fantasmas: hombres mutilados regresando del frente, viudas vestidas de negro, niños jugando entre soldados sin piernas. La guerra no estaba en las trincheras. Estaba en cada esquina, pegada a las piedras como musgo podrido.
Gregori señaló el diván con un gesto mínimo.
Pierre obedeció lentamente. Sus ojos tenían ese brillo agotado de quienes llevan demasiado tiempo mirando cosas que no se pueden olvidar.
Durante unos segundos ninguno habló. Solo el crepitar débil de la lámpara y la lluvia arañando el cristal.
—Dicen que Didier se colgó con las vendas de la enfermería —dijo Pierre al fin—. Un camillero me contó que todavía sonreía cuando lo encontraron.
Gregori apretó la mandíbula.
—No debería escuchar rumores.
—¿Era cierto?
El psiquiatra tardó demasiado en responder. Pierre soltó una carcajada seca.
—Todos acabamos igual, doctor. Algunos tardan más, nada más.
Gregori abrió un pequeño estuche de madera.
Dentro, una pipa de opio. La colocó sobre la mesa entre los dos, como quien pone las cartas boca arriba.

—Hoy no ha venido a hablar de Didier.
Pierre observó la pipa un instante antes de responder.
—No. He venido porque esta noche estuve a punto de pegarme un tiro.
La frase cayó en la habitación con la misma pesadez que un cuerpo muerto. Gregori no reaccionó de inmediato. Ya había aprendido que ciertos silencios hacen más efecto que cualquier palabra.
—¿Dónde? —preguntó finalmente.
—En mi habitación. —Pierre sonrió sin humor—. Pensé que sería elegante hacerlo frente al espejo. Así podría ver la cara exacta de un cobarde.
El psiquiatra encendió la pipa con movimientos lentos y se la tendió. Pierre la aceptó sin comentarios, como quien acepta un rito que ya no necesita explicación.
—¿Y por qué no disparó?
Pierre guardó silencio. Afuera, algo metálico cruzó la calle entre la lluvia.
—Escuché llorar al vecino de arriba. Tiene un niño pequeño. Me quedé pensando... qué clase de recuerdo sería para él escuchar un disparo en mitad de la noche.
Gregori asintió despacio.
—A veces seguimos vivos por razones absurdas.
Pierre inhaló. El humo se deslizó por la habitación como un espíritu viejo.
—¿Sabe qué es lo peor de la guerra, doctor?
Gregori pensó en Didier balanceándose desde una tubería. Pensó en los cientos de hombres que había visto temblar mientras dormían.
—No.
—Que uno termina acostumbrándose. —Pierre dejó el humo salir lentamente—. La primera vez que vi morir a un hombre vomité durante horas. A la décima, apenas pude comer. Al número cien... ya era capaz de fumar sentado junto al cadáver.
Gregori notó un leve temblor en sus propias manos.
—Había un chico alemán. Debía tener diecisiete años. Salió de la niebla gritando algo que ninguno entendimos. Bernard le disparó en el cuello. El muchacho cayó de rodillas... —Pierre hizo una pausa—. Y entonces intentó seguir cantando.
La habitación quedó muda.
—La sangre le salía por la boca, pero seguía intentando. Como si la canción fuese más fuerte que la muerte.
Gregori apartó la mirada. Había escuchado decenas de historias similares, pero algunas lograban atravesar las defensas del oficio.
—Yo era bueno antes de la guerra —dijo Pierre de pronto, con una voz diferente, más pequeña.
—¿Bueno?
—Sí. De esos idiotas que creen que el mundo tiene sentido. Ayudaba a mi madre en la tienda. Quería casarme. Incluso iba a misa. —Sonrió apenas—. Ahora creo que el ser humano es un animal que aprendió a vestirse elegante.
Gregori lo miró fijamente.
—No estaría aquí si creyera eso de verdad.
Pierre frunció el ceño.
—¿Qué quiere decir?
—Los hombres completamente vacíos no buscan ayuda. Usted sigue luchando contra algo.
Pierre soltó una risa cansada. Luego, en un tono distinto, casi sin curiosidad:
—¿Y usted, doctor? ¿Contra qué lucha?
La pregunta quedó suspendida entre los dos. Gregori bajó lentamente la vista hacia sus manos. Hacía meses que evitaba responderse eso.
—¿Cuántos pacientes ha perdido? —insistió Pierre—. No me refiero a los que volvieron al frente. Me refiero a los otros.
La lámpara crepitó.
—Diecinueve —susurró Gregori.
Pierre dejó de sonreír.
—Diecinueve hombres entraron en esta clínica buscando una salida. Algunos regresaron a sus casas. Otros a la guerra. Y diecinueve decidieron morir igualmente—. Gregori respiró hondo, como si acabara de abrir una puerta sellada durante años.
Por eso me quedo hasta tarde. Por eso escucho. Por eso enciendo esta pipa con ustedes aunque no me corresponda.
Pierre comprendió entonces lo que llevaba semanas sin querer ver: Gregori no estaba curando soldados. Estaba castigándose.
—Mi hijo tenía ocho años —dijo el psiquiatra de pronto, con los ojos todavía fijos en sus manos.
Pierre no habló.
—Murió de fiebre el invierno pasado. Yo estaba aquí, escuchando soldados rotos, mientras él se ahogaba lentamente en casa. Cuando llegué... ya no respiraba.
El silencio que siguió no era el silencio de la incomodidad. Era otro tipo de silencio, más viejo, más honesto.
—Desde entonces escucho hombres hablar de la muerte todos los días. Pero la única voz que oigo de verdad es la suya. Llamándome.
Pierre dejó la pipa sobre la mesa. Por primera vez desde que lo conocía, Gregori parecía el paciente.
—No pudo salvarlo —murmuró Pierre.
—Ni a él. Ni a Didier. Ni a ninguno.
Pierre se puso en pie despacio. Caminó hasta la mesa. Tomó el expediente de Didier y lo abrió.
Dentro había una nota escrita con letra temblorosa: No quiero seguir soñando con los muertos.
Cerró los ojos un instante. Luego miró hacia Gregori. Pero Gregori no estaba mirándolo.
Seguía inmóvil frente a la ventana, con la frente apoyada en el cristal frío y el brazo caído a lo largo del cuerpo. Demasiado inmóvil. Con una quietud que Pierre reconoció de inmediato, porque era la misma quietud que había visto en el campo de batalla.
Se acercó.
En el suelo, junto al escritorio, una jeringa vacía. Pierre sostuvo el cuerpo de Gregori antes de que cayera. Lo sujetó como se sujeta algo que no quieres que toque el suelo, sabiendo que ya es demasiado tarde para evitarlo.
La ciudad continuaba respirando al otro lado del cristal. Carruajes. Lluvia. Sirenas lejanas. París seguía siendo París, indiferente y enorme, sin enterarse de nada. Pierre no llamó a nadie.
Durante un momento largo permaneció de pie, sosteniendo a ese hombre que había pasado años sosteniendo a otros, y sintió algo abrirse en el pecho: no dolor exactamente, sino algo más parecido al reconocimiento.
Miró el diván.
Aquel maldito diván donde tantos hombres habían intentado vaciar sus fantasmas. Se sentó en él por primera vez. Y lloró, no por Gregori, no por Didier, no por el chico alemán que intentó seguir cantando. Lloró por todos ellos a la vez, como se llora cuando ya no hay manera de saber dónde termina el dolor de uno y empieza el de los demás.

Sobre el autor: Guillermo Molina Rojano (GMRojano) es escritor y editor literario. Su obra abarca géneros que van desde la ficción histórica y el thriller psicológico hasta el microrrelato. Comprometido con la edición independiente y la creación de contenidos culturales en red, busca siempre en su escritura esa tensión narrativa que atrapa al lector entre las sombras y las voces de una buena historia.



Comentarios