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Distracciones - Irving Arreguin

  • Foto del escritor: Irving Arreguin
    Irving Arreguin
  • 9 jul
  • 5 min de lectura

El pensamiento ajeno de Marlene era como el río que golpeaba el árbol solitario, fragmentándose en distracciones minúsculas para no admitir que la verdadera obstrucción era ella misma. 

La noche anterior, Gastón, su pareja, le había advertido que, de no terminar de matar las distracciones que la ausentaban, se iría para siempre. 

«Estoy cansado de vivir con un fantasma». Marlene sonrió al recordar la amenaza mientras observaba el cauce del río que lamía los límites de su jardín. 

«¿Distracciones? ¿A qué se refería?», se preguntó al tiempo que admiraba la mariposa monarca que en ese momento descendía hacia las burbujas persistentes que subían desde el fondo del torrente. Respiró hondo tratando de concentrarse, pero su atención se fijó en la sombra alargada del árbol que había recorrido un amplio camino circular hasta cubrir el montículo de ropa que se encontraba en la orilla. 

Marlene se recogió el cabello solo para soltarlo, aprovechando el suspiro del viento que con cada hebra ahuyentó al pasado irrecuperable, como los meses antes de que se casara con Gastón. Ella estaba convencida de unirse a él desde la primera vez que se fundieron en un beso.Y, a pesar de las advertencias de la suegra al hombre sobre la falta de interés que tenía su hija hacia las cosas importantes, él decidió casarse. 

La luna de miel no fue un periodo vacacional, en absoluto, fueron meses de compañía donde terminaron de enamorarse, sin el miedo que conlleva el juicio moral y personal de dos personas que se aman aun sin conocerse. 

Ella acarició sus propios brazos, recordando el contacto de ambos como el único lenguaje necesario, incluso en los silencios. «No necesitamos a nadie más», susurró convencida de ser una unidad perfecta, un núcleo indivisible que no admitía grietas ni terceras voces. 

Esa era la paz que acontecía, la certeza de que nada ni nadie podía arrancar un jirón de su atención. 

Marlene cerró los ojos para recibir el rocío del río que golpeó su rostro, como todos los días a las cinco de la tarde. 

Miró su reloj de muñeca, en una hora Gastón estaría de regreso, y con él, posiblemente, el cumplimiento de su abandono. Ella seguía sin identificar la distracción que tanto le molestaba. 

El segundero siguió avanzando y la angustia empezó a treparle por el cuello, entonces, rápidamente su atención se fijó en un ruido... un chapoteo errático y agudo que parecía pedir ayuda desde el centro de la corriente: «Eso también debía ser una distracción», suspiró. Era un sonido molesto que interrumpía su análisis existencial. 

Marlene miró por encima del hombro —la vivienda estaba a unos cincuenta metros— y sonrió al ver su sueño de niña cumplido por Gastón: una casa en el campo, con animales de granja como mascotas y con un río como muralla. 

Sin embargo, la mueca desapareció. Sabía que, si él cruzaba la puerta y ella no había eliminado el mal que la mantenía ausente, lo perdería. Entonces vio un derrumbe en la morada que era su idilio: los cristales se reventaron, las paredes empezaron a cimbrar, todo adentro se volvió añicos, un escalofrío de desesperación la hizo temblar, y justo en ese momento se dijo:

—Necesito ser la esposa perfecta de antes —Y fue entonces cuando esta última palabra hizo eco. 

«¿Qué había antes?», se preguntó, lamentando el hecho de que quizá su relación no sería para siempre, como aquel juramento que se hicieron: «Hasta que la muerte nos separe». 

Un golpe fantasmal le revolvió las vísceras. Afuera podía escucharse con fuerza al río  —movido por el viento— estamparse contra el árbol que había nacido en medio del caudal. Fuera de eso, solo se encontraba ella con su pensamiento. Marlene frunció el ceño ante el silencio antinatural que se había instalado a su alrededor. 

Volvió a mirar la casa, no había gritos ni sonrisas como debería haber, tampoco el resonar de juguetes colisionando entre ellos, no parecía haber esa vitalidad infantil que Gastón siempre decía que «Lo era todo» pero que para ella solo era ruido de fondo.  La paz reinaba vacilante al interior, y Marlene seguía sin descifrar la ausencia a eliminar. 

Sus ojos se enfocaron en la sombra que produjo un ave de carroña que volaba justo debajo del sol. 

«Volar», musitó al tiempo que recordó el viaje en globo aerostático que tuvo que ser cancelado a última hora. Nando, como solían llamar a su hijo, se enfermó antes del viaje, lo que provocó que la salida se pospusiera. 

«¿Cuántos planes no habremos cancelado?», se preguntó, apretando los puños. 

Sus pensamientos se calmaron justo al instante en que la mariposa elevó su vuelo, las burbujas desaparecieron de la orilla del río y el ave de carroña pareció descender. El molesto grito que había percibido semejó el silencio dentro de la  casa. 

«Nando», suspiró su nombre, y este fue arrastrado por un viento gélido que le erizó la piel. 

De repente, escuchó pisadas acercándose a ella, así que volvió la vista a la casa. 

—¿Qué has hecho? —La voz de Gastón llegó fragmentada, cargada de un horror que le recordaría aquella tarde por el resto de sus días. 

Marlene se giró hacia él. Sus ojos, que antes estaban perdidos, brillaron con la claridad propia de aquel que ha descubierto el detonante de sus pesadillas. Le regaló una sonrisa tierna rescatada de su memoria, la típica que florecía mucho antes de que la edad hiciera lo suyo y la maternidad le arrancara los rasgos que tanto lo enloquecían a él cuando solo eran ellos dos. 


—Ya me acordé, cariño —susurró con una calma absoluta—. Ya sé cuál era la distracción que debía eliminar —se interpuso en el camino de Gastón y lo tomó de los brazos—. Éramos tan felices antes de que él llegara a interrumpirnos, ¿verdad?

El corpulento sujeto la apartó con facilidad evitando besarla. No respondió. Sus ojos, fuera de órbita, se clavaron en el pequeño bulto que flotaba río abajo, alejándose entre las sombras del sauce, entonces, con una desesperación animal, se lanzó al agua helada y desapareció bajo la superficie para alcanzarlo...

Marlene se quedó en la orilla. Desde allí observó cómo los círculos en el agua se cerraban para no volver a expandirse jamás. 

—Lo logré —dijo, sonriendo al cielo—, lo logré.


Sobre el autor: Irving Arreguin es escritor y psicólogo mexicano especializado en los géneros de thriller, misterio y suspense. Su fascinación por el estudio de la psique humana lo ha llevado a explorar los rincones más oscuros de la ficción, plasmando en sus letras una profunda tensión psicológica. Es fundador y director de Revista Umbrícola, un espacio dedicado a la difusión literaria. Su obra abarca desde el cuento de ficción —formato en el que ha sido galardonado en certámenes de diversas editoriales y plataformas culturales— hasta la novela, género en el que recientemente publicó su thriller psicológico Un gramo de esperanza.

 

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