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Rapunzel - Cuento de los Hermanos Grimm

  • Foto del escritor: Irving Arreguin
    Irving Arreguin
  • 11 jul
  • 5 min de lectura

Había una vez un hombre y una mujer que deseaban en vano tener un hijo. Al fin, al cabo de muchos años, la mujer concibió la esperanza de que Dios iba a cumplir su deseo. En la parte posterior de su casa tenían una pequeña ventana desde la cual se veía un magnífico jardín lleno de las flores y las hierbas más hermosas; pero estaba rodeado por una pared alta, y nadie se atrevía a entrar en él porque pertenecía a una bruja que tenía gran poder y era temida por todo el mundo.

​Un día, la mujer estaba asomada a la ventana mirando el jardín, y vio un bancal plantado de hermosísimos rapunceles (canónigos), tan verdes y frescos que sintió un antojo irresistible de comerlos. Este deseo crecía de día en día, y como sabía que no podía conseguirlos, empezó a desmejorarse, poniéndose pálida y triste. Su marido se asustó y le preguntó:

—¿Qué te pasa, querida mujer?

—¡Ay! —respondió ella—, si no puedo comer los rapunceles del jardín que está detrás de nuestra casa, me moriré.

​El marido, que la amaba tiernamente, pensó: "Antes que dejar morir a tu mujer, debes traerle esos rapunceles, cueste lo que cueste". Al anochecer, saltó la pared del jardín de la bruja, arrancó apresuradamente un puñado de rapunceles y se los llevó a su esposa. Ella se preparó en seguida una ensalada y la comió con avidez; pero le gustaron tanto, que al día siguiente su antojo era tres veces mayor. Para que tuviera calma, el marido se vio obligado a subir de nuevo al jardín al anochecer. Pero cuando saltó de la pared, se quedó helado de terror, porque vio a la bruja delante de él.

​—¿Cómo te atreves —dijo ella con mirada furiosa— a entrar en mi jardín como un ladrón y a robarme mis rapunceles? ¡Lo pagarás muy caro!

—¡Ah! —respondió el marido lleno de miedo—, ten compasión de mí; si lo he hecho, ha sido por una gran necesidad: mi mujer vio tus rapunceles desde la ventana y sintió un antojo tan grande que habría muerto si no los hubiera comido.

​Entonces la bruja aplacó un poco su cólera y le dijo:

—Si es como dices, te permitiré que te lleves todos los rapunceles que quieras, pero con una condición: tienes que darme el hijo que va a dar a luz tu mujer. Yo lo cuidaré como una madre y no le faltará nada.

​El marido, en su espanto, lo prometió todo, y cuando la mujer dio a luz, se presentó en seguida la bruja, puso al niño el nombre de Rapunzel y se lo llevó.

​Rapunzel llegó a ser la niña más hermosa bajo el sol. Cuando cumplió doce años, la bruja la encerró en una torre que se levantaba en medio de un bosque, y que no tenía ni puerta ni escalera, sino tan sólo una pequeña ventana en lo más alto. Cuando la bruja quería entrar, se ponía al pie de la torre y gritaba:

—¡Rapunzel, Rapunzel, suéltame tu cabellera!

​Rapunzel tenía unos cabellos magníficos, largos y finos como oro hilado. Cuando oía la voz de la bruja, desataba sus trenzas, las amarraba a un gancho de la ventana y las dejaba caer a lo largo de la pared, y como tenían veinte varas de largo, la bruja subía por ellas.

​Al cabo de unos años, sucedió que el hijo del rey pasó a caballo por el bosque y llegó cerca de la torre. Oyó un canto tan dulce que se detuvo a escuchar: era Rapunzel, que en su soledad pasaba el tiempo cantando para entretenerse. El príncipe quiso subir hasta ella y buscó la puerta de la torre, pero no encontró ninguna. Regresó a palacio; pero aquel canto le había robado el corazón de tal modo que iba todos los días al bosque a escucharlo. Una vez, estando oculto detrás de un árbol, vio llegar a la bruja y la oyó gritar:

—¡Rapunzel, Rapunzel, suéltame tu cabellera!

​Rapunzel dejó caer las trenzas y la bruja subió. "Si esa es la escalera para subir —pensó el príncipe—, yo también probaré fortuna". Al día siguiente, cuando empezó a anochecer, fue al pie de la torre y gritó:

—¡Rapunzel, Rapunzel, suéltame tu cabellera!

​En seguida cayeron los cabellos y el príncipe subió.

​Al principio, Rapunzel se asustó mucho al ver entrar a un hombre, pues jamás sus ojos habían visto a ninguno; pero el príncipe le habló con mucha dulzura y le contó que su corazón se había conmovido tanto al oírla cantar que no había tenido sosiego hasta verla. Entonces Rapunzel perdió el miedo, y cuando él le preguntó si lo quería por esposo, viendo que era joven y apuesto, pensó: "Me amará más que la vieja", y le respondió que sí, poniendo su mano en la de él.

—Iría de buena gana contigo —dijo ella—, pero no sé cómo bajar. Cada vez que vengas, tráeme una madeja de seda; con ella trenzaré una escalera, y cuando esté terminada, bajaré y me llevarás en tu caballo.

​Acordaron que el príncipe iría a verla todas las noches, porque de día iba la vieja. La bruja no sospechaba nada, hasta que un día Rapunzel le dijo sin pensar:

—Dime, tía Gothel, ¿cómo es que pesas mucho más que el hijo del rey, que sube en un momento?

—¡Ah, malvada! —gritó la bruja—. ¿Qué es lo que oigo? Pensaba que te había aislado de todo el mundo, ¡y me has engañado!

​En su furia, cogió los hermosos cabellos de Rapunzel, les dio dos vueltas alrededor de su mano izquierda, tomó unas tijeras con la derecha y ¡zis, zas!, los cortó, y las hermosas trenzas quedaron tendidas en el suelo. Y fue tan despiadada que llevó a la pobre Rapunzel a un desierto, donde la abandonó a una vida de miseria y dolor.

​El mismo día que desterró a Rapunzel, la bruja ató las trenzas cortadas al gancho de la ventana, y cuando el príncipe llegó a la noche y gritó:

—¡Rapunzel, Rapunzel, suéltame tu cabellera!

​La vieja dejó caer los cabellos. El príncipe subió, pero no encontró a su querida Rapunzel, sino a la bruja, que le miraba con ojos venenosos.

—¡Ajá! —dijo burlona—, venías por tu paloma, pero el gato la ha cogido y también te sacará los ojos a ti; Rapunzel está perdida para ti, no la verás jamás.

​El príncipe, fuera de sí de dolor, se arrojó desde lo alto de la torre en su desesperación. Salvó la vida, pero cayó entre unos espinos que le perforaron los ojos. Ciego y desolado, vagó por el bosque, alimentándose tan sólo de raíces y bayas, y no haciendo más que llorar y lamentar la pérdida de su amada esposa.

​Así pasó algunos años errante y miserable, hasta que al fin llegó al desierto donde Rapunzel vivía en la miseria con dos hijos gemelos, un niño y una niña, que había dado a luz. El príncipe oyó una voz que le pareció conocida; se dirigió hacia ella, y al acercarse, Rapunzel lo reconoció, se echó a su cuello y lloró. Dos de sus lágrimas le cayeron en los ojos, y al punto se le aclararon y volvió a ver tan bien como antes. Entonces la llevó a su reino, donde fue recibido con gran alegría, y vivieron felices y contentos durante el resto de sus días.

Jacob y Wilhelm Grimm
Jacob y Wilhelm Grimm

Título: Rapunzel

Autores: Jacob y Wilhelm Grimm (Los Hermanos Grimm)

Publicación original: Cuentos de la infancia y del hogar (1812)

Traducción: José S. Viedma (1879)

Texto y traducción en dominio público.

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