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El sabor de los aplausos - Diego Rucci

  • Foto del escritor: Irving Arreguin
    Irving Arreguin
  • 7 jul
  • 6 min de lectura

SINOPSIS

​«El sabor de los aplausos» es un cuento del escritor argentino Diego Rucci, publicado en la primera edición de Revista Umbrícola. Ambientado en la atmósfera electrizante de un concierto de rock, narra la historia de Saturno, el carismático vocalista de la banda Erebus, quien busca una conexión con su público que va mucho más allá de la música. Cuando elige a Phoebe, una joven seguidora, para invitarla a su tráiler tras el show, lo que inicia como una charla íntima sobre la incomprensión y los sueños juveniles se transforma en un perverso ritual de obsesión. Detrás de las luces y los gritos eufóricos, el relato desvela el verdadero y aterrador precio que el artista está dispuesto a cobrar con tal de alimentar su próxima gran inspiración.



El sabor de los aplausos

He escaneado al público toda la noche. Las luces estroboscópicas me han dado una buena perspectiva de los asistentes cada vez que barren las primeras filas. Aunque el escenario está a metro y medio de altura, puedo ver sus rostros: felices, impacientes. Oigo sus gritos efusivos, los aplausos que se me clavan bajo la piel como agujas de dopamina.

¡Saturno! ¡Saturno!

Siento las oleadas químicas corriendo por mis venas. Allí está Francis, al costado del escenario. Me mira atento. Sabe que en breve le haré una señal.

Suena nuestro éxito «Vacío».

Allí… ese rostro. Esa es la cara inocente que quiero. Estoy seguro de que tiene algo hermoso que contarme.

El estribillo final se acerca. Me agacho hacia el borde del escenario y le extiendo la mano.

¡Canta conmigo! Vacío… Ya no siento nada, no hay nada que perder…

Perfecto. La mirada penetrante directo a sus ojos mientras nuestras voces se entrelazan. Puedo sentir su veneración como un calor que me envuelve.

Francis asiente desde las sombras. Lo veo abrirse paso entre la multitud, hacia ella.

El solo de guitarra explota en el aire nocturno. Francis ya habla con ella; la veo saltar de alegría con sus amigas, sus ojos brillando con esa luz que conozco a la perfección.

Bien, mi querido Francis. Llévala a mi tráiler. Por ahora debo terminar el concierto.

***

Estoy agotado, pero sé que es el dulce cansancio del éxito.

Excelente trabajo, muchachos. Han sonado ajustados y precisos— les digo a mis compañeros mientras guardamos los instrumentos.

Estuviste genial, como siempre— Me palmea Jake, nuestro baterista.

Estoy orgulloso. Erebus no sería lo mismo sin ustedes.

El equipo de sonido desarma todo con la eficiencia de siempre.

¿Te has escuchado bien? ¿Cómo lo sentiste?

Perfecto. Me sentí muy cómodo allá arriba. Ha sonado de maravilla.

Ahí viene Francis.

Ya está esperándote — me dice, ofreciéndome una toalla—. Toma, sécate un poco.

Me lo imagino— le respondo.

¡Aj! Esta toalla raspa. No son como las mías. Voy a pedir que cambien de marca.

Veo una sombra moviéndose dentro de mi tráiler a través de las cortinas semitransparentes. Aquí afuera el aire nocturno corta la piel, pero adentro me espera el calor. Está admirando los pósteres y fotografías en las paredes, como siempre hacen.

***

 —¡Hola!

Se gira hacia mí con los ojos redondos, las pupilas brillantes.

¡Saturno! No sabes lo emocionada que estoy. Es un honor que me hayas invitado.

Mira lo eufórica que está. Aún no sabe que lo mejor está por venir.

Disfrútalo. Si me esperas un momento, voy a refrescarme. Estoy empapado en sudor y quiero estar más cómodo.

¡Por supuesto! No me iré a ningún lado.

Claro que no te irás. Veo en tus ojos que deseas un pedacito de Saturno con toda tu alma.

El agua caliente arrastra el cansancio y la sal de mi transpiración. Me tomo mi tiempo, pero la anticipación me carcome. La vi y supe de inmediato que era ella. La indicada.

Me envuelvo en una de mis toallas suaves y salgo secándome el cabello con otra. Esta movida nunca falla.

¿Bebes?

Por supuesto que bebes. Romperemos el hielo con estas dos cervezas.

Ten. Y dime, ¿cómo te llamas?

Phoebe.

Hermoso nombre. ¿Sabes lo que significa?

Nunca me lo pregunté.

Brillante. Pura. Por eso te elegí entre la multitud. Tu rostro captó mi atención de inmediato.

Ahí está… el sonrojo. Ga-ran-ti-za-do.

¿Cuántos años tienes? Eres muy joven. No quisiera meterme en problemas.

Tengo veinte.

¿Vives aquí?

Sí, soy de aquí… ¡No puedo creer que esté contigo!

Relájate. Soy yo, tan simple como lo que ves.

La cerveza está perfecta, helada.

¿Sabes? Siempre invito a una fan después del show. Me interesa conocerlas, saber qué piensan, por qué les gusta Erebus. ¿Cuál es tu canción favorita?

Definitivamente «Vacío». Me identifica mucho.

¿Por qué?

Siempre me siento vacía, incomprendida.

¿Con veinte años? Tienes toda la vida por delante.

En mi casa ignoran mis deseos. Quiero ser escritora, pero mis padres piensan que es una pérdida de tiempo. Quieren que estudie derecho.

Eso es horrible. Forzar a alguien a hacer lo que no desea… No lo tolero.

Por eso amo Erebus. Las canciones me llenan, me completan.

¿Tu padre es abogado?

Sí. Quiere que siga sus pasos.

Escúchame: nadie puede decirte qué hacer ni cuándo hacerlo. Siempre puedes irte o quedarte. Siempre es tu decisión.

Se sonroja otra vez. Por supuesto que te quedarás. Lo deseas. Puedo olerlo desde aquí.

¿Qué otra canción te gusta?

—«Nosotros Dos». Es muy poética, cómo los amantes se entrelazan hasta que uno se vuelve parte del otro.

Es una buena canción. ¿Sabes? Me caes muy bien. Entiendes la banda, el concepto. Te diré un secreto que nadie más sabe.

Aquí viene…

Estas pequeñas entrevistas que hago son para inspirarme, para escribir sobre los problemas reales. Quiero volverme uno con mis «fans». Quiero entenderte.

Ya lo estás haciendo…

Y cayó.

A veces no comprendo por qué personas tan hermosas como tú deben sufrir. ¿Por qué no puede existir solo el deseo y la posibilidad de cumplirlo?

Me acerco, bajo mi mano hasta su mentón.

Quisiera entenderte más profundamente… volverme uno contigo. Convertirte en una canción de Erebus.

Sus ojos… tan inocentes.

Sus labios tienen una suavidad increíble, que nunca probé, llenos de una ternura que me desarma. Siento cómo se abandona a mis brazos, a mis besos. Su piel es cálida, luminosa. Los pequeños sonidos que hace…

Quiero desnudarte — susurro contra su cuello.

Sí…

Tu cuello, tus pechos… No puedo detenerme.

Siento su piel estremecerse bajo mis labios, sus músculos tensarse de placer. Es hora. No aguanto más.

Quiero entrar en ti…

Sí… hazlo.

El metal se siente frío contra mi palma, pero su sangre lo entibia de inmediato.

Veo en sus ojos el dolor, la sorpresa. Su cuerpo sigue temblando, pero su corazón ha dejado de latir. Puedo verme reflejado en sus pupilas dilatadas: mi rostro siempre cincelado y hermoso, ahora desencajado por el éxtasis.

Me inunda una oleada de dopamina y adrenalina que me incita a empujar más el frío metal hacia ese dulce corazón. Y después llega la oscuridad en su mirada. Veo cómo la vida abandona esos ojos. Cómo se apaga.

Ha sido… increíble.

No te preocupes, Phoebe. Serás una gran canción.

Sus labios… aún conservan algo de calidez.

***

Trabajo con cuidado, separando cada porción de carne tibia. Puedo saborear su amor por mí, sentir en cada fibra la incomprensión que cargó toda su vida. Su carne, tan tierna. Hasta en su piel puedo percibir el aroma de la felicidad que sintió al conocerme.

Delicioso.

Esto sabe a aplausos y suspiros. Realmente me amaba. Nos amaba.

Y aquí está el sabor dulce de la excitación que sintió por estar conmigo.

Serás una gran canción…

Busco papel y lápiz. Ahora que tengo a Phoebe dentro de mí, puedo escribir una canción en su honor. Una canción que le diga al mundo que nadie puede obligarte a ser lo que no eres.

En el espejo veo que esta vez me manché más de lo usual. Tengo el rostro salpicado. Su sangre se ve espesa, oscura. Quizás debería ducharme otra vez.

Por ahora seguiré escribiendo la canción de Phoebe: «Pureza».

Alguien toca a la puerta.

¡Adelante! Ah, Francis.

¿Has terminado?

Sí. Limpia, por favor. Esta inspiración ha sido la más fuerte que he tenido en meses.

Escucho a Francis y otro de los muchachos trabajar. Ruido de plásticos, pasos silenciosos.

Phoebe debe descansar ahora. Phoebe es inspiración pura.

Tal vez, para el próximo concierto, tenga la canción terminada.



Sobre el autor: Diego Rucci (1976, Argentina) es un informático y emprendedor que encontró su primer canal de expresión en la música. Desde joven, como multiinstrumentista y letrista, aprendió el oficio de transformar una emoción en estrofa.

Aunque nunca planeó el camino de la publicación, la necesidad de escribir su primer manuscrito funcionó como la tensión de la cuerda del arco: se debe soltar la flecha. Su narrativa no se ata a ningún género, sino que transita el camino de la percepción. Moldeada por el rigor lógico de su perfil técnico, la música y la práctica del tiro con arco, el silencio y el manejo del tiempo se vuelven herramientas indispensables para construir una trama donde el autor nunca miente, pero tampoco confirma.

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