EL CORAZÓN DELATOR POR EDGAR ALLAN POE
- Irving Arreguin

- 24 jun
- 8 min de lectura
Por Edgar Allan Poe (Traducción de Julio Cortázar)

¡Es verdad! Soy muy nervioso, espantosamente nervioso, siempre lo he sido, pero ¿por qué pretenden que esté loco? La enfermedad ha aguzado mis sentidos, no los ha destruido ni embotado. Mi oído era el más agudo de todos. Oía todo lo que puede oírse en la tierra y en el cielo. Muchas cosas oí en el infierno. ¿Cómo puedo estar loco, entonces? Escuchen... y observen con cuánta cordura, con cuánta tranquilidad les cuento mi historia.
Es imposible decir cómo la idea entró en mi cabeza por primera vez; pero, una vez concebida, me acosó noche y día. Yo no perseguía ningún propósito. Ni ganancia ni objeto. Quería al viejo. Jamás me había hecho daño. Jamás me había insultado. Su dinero no me interesaba. ¡Me parece que era su ojo! Sí, eso era. Tenía un ojo semejante al de un buitre... un ojo pálido y azulado, con una catarata. Cada vez que ese ojo caía sobre mí, se me enfriaba la sangre. Y así, poco a poco, muy gradualmente, me propuse quitarle la vida al viejo y librarme para siempre de aquel ojo.
Ahora bien, ustedes me toman por loco. Pero los locos no saben nada. ¡En cambio, si hubieran podido verme! ¡Si hubieran podido ver con qué prudencia procedí, con qué cuidado, con qué previsión, con qué disimulo puse manos a la obra! Nunca fui más amable con el viejo que durante la semana que precedió al asesinato. Todas las noches, hacia las doce, hacía yo girar el picaporte de su puerta y la abría... ¡oh, tan suavemente! Y entonces, cuando la abertura era lo bastante grande para pasar la cabeza, introducía una linterna sorda, perfectamente cerrada, negra, para que no filtrara ninguna luz, y luego pasaba la cabeza. ¡Oh, se hubieran reído al ver con qué astucia pasaba la cabeza! La movía lentamente, muy, muy lentamente, a fin de no perturbar el sueño del viejo. Me llevaba una hora entera introducir completamente la cabeza por la abertura de la puerta, hasta verlo tendido en su cama. ¿Es que un loco hubiera sido tan prudente como yo? Y entonces, cuando mi cabeza estaba ya en el cuarto, abría la linterna cautelosamente... ¡oh, con qué cautela, con qué cautela! (porque las bisagras chirriaban)... la abría lo justo para que un solo rayo de luz cayera sobre el ojo de buitre. Y esto lo hice durante siete largas noches, cada noche a las doce; pero encontré siempre el ojo cerrado, y por eso me fue imposible cumplir mi obra, porque no era el viejo quien me irritaba, sino su Mal de Ojo. Y cada mañana, al rayar el día, entraba atrevidamente en su habitación y le hablaba con franqueza, llamándolo por su nombre con tono cariñoso y preguntándole cómo había pasado la noche. De modo que, como ven, habría sido un viejo muy perspicaz para sospechar que cada noche, justamente a las doce, yo lo examinaba mientras dormía.
Al llegar la octava noche, procedí con mayor deliberación aún al abrir la puerta. El minutero de un reloj se mueve más rápidamente de lo que se movía mi mano. Jamás, antes de aquella noche, había sentido la extensión de mis propias facultades, de mi sagacidad. Apenas podía contener mis sentimientos de triunfo. ¡Pensar que estaba ahí, abriendo la puerta poco a poco, y que él ni siquiera soñaba con mis secretas intenciones o pensamientos! Desgarré un poco esta idea y quizás él me oyó, porque se movió de pronto en la cama, como si se sobresaltara. Ustedes pensarán que me eché atrás... pero no. Su habitación estaba negra como el pez, ya que el viejo cerraba completamente las persianas por temor a los ladrones; yo sabía que le era imposible ver la abertura de la puerta, y seguí empujándola suavemente, suavemente.
Había pasado la cabeza y me disponía a abrir la linterna, cuando mi pulgar resbaló sobre el cierre de lata y el viejo se enderezó en la cama, gritando:
—¿Quién está ahí?
Me quedé completamente inmóvil y no dije nada. Durante una hora entera no moví un solo músculo, y en todo ese tiempo no oí al viejo tenderse de nuevo. Seguía sentado en la cama, escuchando... tal como yo lo había hecho, noche tras noche, contemplando los relojes de la muerte en la pared.
Poco después oí un leve gemido y supe que era el gemido del terror mortal. No era un gemido de dolor o de tristeza... ¡oh, no! Era el sonido ahogado que brota del fondo del alma cuando el espanto la sobrecoge. Yo conocía bien ese sonido. Muchas noches, justamente a las doce, cuando el mundo entero dormía, había brotado de mi propio pecho, ahondando con su espantoso eco los terrores que me desvelaban. Repito que lo conocía bien. Supe lo que sentía el viejo y le tuve lástima, aunque me reía en el fondo de mi corazón. Supe que había estado despierto desde el primer leve ruido, cuando se había movido en la cama. Sus temores habían ido creciendo desde entonces. Había tratado de pensar que no eran nada, pero no había podido. Se había dicho a sí mismo: "No es más que el viento en la chimenea, o un grillo que chirría una sola vez". Sí, había tratado de confortarse con esas hipótesis, pero todo había sido en vano. Todo en vano, porque la Muerte, que se acercaba, había pasado ante él con su negra sombra, envolviendo a su víctima. Y la fúnebre influencia de aquella sombra invisible era lo que le hacía sentir —aunque no podía ver ni oír— la presencia de mi cabeza dentro de la habitación.
Después de esperar largo tiempo, con gran paciencia, sin oír que se tendiera de nuevo, resolví abrir una pequeña, una pequeñísima ranura en la linterna. Así lo hice... miren, no se pueden imaginar con qué cuidado, hasta que por fin un solo rayo pálido, como un hilo de araña, brotó de la ranura y cayó de lleno sobre el ojo de buitre.
Estaba abierto, abierto de par en par... y yo empecé a enfurecerme mientras lo miraba. Lo vi con perfecta claridad: de un azul apagado y cubierto por aquella horrible tela que me helaba hasta la médula de los huesos; pero no podía ver nada más de la cara o del cuerpo del viejo, pues había dirigido el rayo de luz, como por instinto, exactamente al maldito ojo.
¿Y no les he dicho ya que lo que toman por locura no es sino una hiperestesia de los sentidos? En aquel momento, llegó a mis oídos un resonar apagado y frecuente, semejante al que produce un reloj envuelto en algodón. Aquel sonido también me era familiar. Era el latido del corazón del viejo. Aumentó mi furia, tal como el redoblar de un tambor estimula el coraje del soldado.
Pero, aun así, me contuve y permanecí inmóvil. Apenas respiraba. Sostenía la linterna sin moverla, tratando de mantener el rayo de luz fijo sobre el ojo. Al mismo tiempo, el infernal latido del corazón iba en aumento. Se hacía cada vez más rápido, cada vez más fuerte, a cada minuto. ¡El terror del viejo debía ser espantoso! El latido crecía, les digo, ¡crecía más fuerte a cada momento! ¿Me escuchan bien? Ya les he dicho que soy nervioso. Sí, lo soy. Y en medio del horror del silencio de aquella antigua casa, un sonido tan extraño como aquel me excitó hasta una ira incontrolable. Sin embargo, durante algunos minutos más me contuve y permanecí inmóvil. ¡Pero el latido crecía cada vez más fuerte, más fuerte! Creí que el corazón iba a estallar. Y de pronto una nueva ansiedad me sobrecogió: ¡un vecino podía escuchar el sonido! ¡La hora del viejo había llegado! Con un alarido, abrí por completo la linterna y me lancé al cuarto. El viejo gritó una sola vez... una sola vez. En un instante lo arrojé al suelo y eché el pesado colchón sobre él. Sonreí alegremente al ver mi tarea tan adelantada. Pero, durante algunos minutos, el corazón siguió latiendo con un sonido ahogado. Esto, sin embargo, no me preocupó; no podría escucharse a través de la pared. Al fin cesó. El viejo estaba muerto. Levanté el colchón y examiné el cuerpo. Sí, estaba muerto, completamente muerto. Puse mi mano sobre el corazón y la mantuve allí largo tiempo. No había latidos. Estaba completamente muerto. Su ojo no me molestaría más.
Si ustedes continúan tomándome por loco, no pensarán lo mismo cuando les describa las sabias precauciones que adopté para ocultar el cadáver. La noche avanzaba y procedí a toda prisa, pero en silencio. Corté la cabeza, los brazos y las piernas.
Levanté luego tres tablas del piso de la habitación y deposité los restos en el hueco. Volví a colocar las tablas con tanta habilidad, con tanto cuidado, que ningún ojo humano —ni siquiera el suyo— hubiera podido descubrir nada extraño. No había nada que lavar... ninguna mancha de ningún tipo... ningún rastro de sangre. Había sido demasiado precavido para eso. ¡Un cubo lo había recogido todo... ja, ja!
Cuando hube terminado mi tarea, eran las cuatro de la madrugada, pero seguía tan oscuro como a medianoche. Al sonar la hora, llamaron a la puerta de calle. Descendí a abrir con el corazón ligero, pues ¿qué tenía que temer ahora? Entraron tres hombres que se presentaron cortésmente como oficiales de policía. Un vecino había escuchado un grito durante la noche; esto había despertado sospechas, se había dado cuenta a la comisaría y los oficiales habían sido comisionados para registrar el lugar.
Sonreí, pues ¿qué tenía que temer? Di la bienvenida a los oficiales. El grito, dije, había sido mío, durante un sueño. Mencioné que el viejo había salido al campo. Llevé a los visitantes por toda la casa. Los invité a buscar... a buscar bien. Al fin los conduje a su propia habitación. Les mostré sus tesoros, seguros e intactos. En el entusiasmo de mi confianza, llevé sillas al cuarto y les pedí que descansaran de sus fatigas, mientras yo mismo, con la audacia de un triunfo completo, colocaba mi propia silla en el sitio exacto bajo el cual reposaba el cadáver de la víctima.
Los oficiales se sentían satisfechos. Mis modales los habían convencido. Yo me sentía perfectamente cómodo. Sentáronse y hablaron de cosas comunes, a las que respondí con animación. Pero, al poco tiempo, sentí que me ponía pálido y deseé que se marcharan. Me dolía la cabeza y creía percibir un zumbido en los oídos; pero los oficiales continuaban sentados y hablando. El zumbido se hizo más nítido... continuó y se hizo más nítido; hablé con mayor amplitud para librarme de esa sensación, pero continuó y cobró fijeza... hasta que, al fin, me di cuenta de que el sonido no estaba en mis oídos.
Sin duda, me puse muy pálido; pero hablé con más rapidez aún, y con voz más alta. El sonido aumentaba... ¿y qué podía hacer yo? Era un resonar apagado y frecuente, semejante al que produce un reloj envuelto en algodón. Yo jadeaba tratando de respirar... y sin embargo los oficiales no oían nada. Hablé con mayor rapidez, con vehemencia; pero el sonido aumentaba continuamente. Me levanté y discutí sobre nimiedades, en un tono de voz muy alto y gesticulando vivamente; pero el sonido aumentaba. ¿Por qué no se marchaban? Caminé de un lado a otro de la habitación, con pasos firmes, como si las observaciones de aquellos hombres me enfurecieran; pero el sonido aumentaba continuamente. ¡Dios mío! ¿Qué podía hacer yo? ¡Espumaba de rabia... maldecía... juraba! Balanceaba la silla sobre la cual me había sentado y la arrastraba raspando las tablas del piso, pero el sonido se sobreponía a todo y aumentaba continuamente. ¡Se hacía cada vez más fuerte... más fuerte... más fuerte! Y, sin embargo, los hombres continuaban hablando tranquilamente y sonreían. ¿Era posible que no oyeran? ¡Dios todopoderoso! ¡No, no! ¡Claro que oían... y sospechaban! ¡Lo sabían... y se estaban burlando de mi horror! ¡Esto pensé y esto pienso hoy! Cualquier cosa era preferible a aquella agonía. ¡Cualquier cosa era más soportable que aquel escarnio! ¡No podía soportar más tiempo sus sonrisas hipócritas! ¡Sentí que debía gritar o morir! Y entonces... ¡otra vez!... ¡escuchen! ¡Más fuerte... más fuerte... más fuerte... más fuerte!
—¡Miserables! —grité—. ¡No disimulen más! ¡Confieso que lo maté! ¡Levanten esas tablas! ¡Aquí, aquí! ¡Es el latido de su espantoso corazón!
Título: El corazón delator (The Tell-Tale Heart)
Autor: Edgar Allan Poe (1809–1849)
Traducción: Julio Cortázar (1914–1984)
Texto original y traducción en dominio público.



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