Marjane Satrapi: un legado iraní
- Irving Arreguin

- 5 jun
- 4 min de lectura
La libertad en blanco y negro. Marjane Satrapi
Una pequeña iraní de diez años de edad que vivió la Revolución Islámica de 1979 y el derrocamiento al Shah, donde se impuso el uso obligatorio del velo. Una niña que vivió de cerca la ejecución de sus seres queridos —como el de su tío Anush—, dejando una marca inolvidable en su inocencia y provocando así una necesidad de contar historias. Esa pequeña que, a sus catorce años de edad, fue enviada a Austria para evitar la opresión femenina y lo bombardeos de la guerra entre Irán e Irak, no se perdió. No lo hizo a pesar de tener todo en contra, en cambio, sí logró reivindicar a la mujer, al escritor, al creador, a los derechos humanos, a su país, a su abuela, a su madre, incluso al juicio.

Marjane Satrapi siempre rechazó que la lástima fuera el canal para conocer sus sentimientos, nunca fue una víctima profesional que aceptara quedarse en un solo lecho. Cuando sintió que el cómic ya no traía retos, ejerció el cine de animación, luego a la dirección de actores, a la pintura y finalmente a la escultura.
Nacida en Rasht (Irán) en 1969, en una familia de clase media-alta, una mujer explosiva que llevaba tatuado un cigarro, que escribía desde la honestidad y lograba incomodar a los poderosos y que defendió la libertad individual por encima de cualquier bandera o frontera, ha fallecido, pero sus sensaciones plasmadas en arte pasarán a la posteridad. Bisnieta de Nasser al-Din Shah Qajar, emperador de Persia hasta 1896. Creció rodeada de libros de historia y cómics de Tintin, teniendo una mezcla educativa por la nobleza persa que contenía ideales de izquierda.
IDENTIDAD
En Viena, después de haber sido rescatada por sus padres, comenzó la búsqueda de la identidad viviendo una etapa complicada por el choque cultural y la vivencia del racismo en todo su esplendor, a sus catorce años vivió esto en una inmensa soledad que incluso la orilló a vivir en la calle, enfermando así de una neumonía que pudo costarle la vida.
Sin embargo, logró vencer esta crudeza gracias a la educación de sus padres, la gran resiliencia psicológica y, paradójicamente, a su propia rebeldía que casi la destruye.
Fue una adelantada en todos los aspectos. Al no encajar con la estética extranjera, Marjane adoptó la filosofía punk como un ítem de identidad, como un escudo. Así, antes de ser rechazada por la sociedad, ella rechazaba su entorno a través de la rebeldía. Además de sentirse dentro de un grupo, esta etapa también la arrastró a experimentar drogas y desviarse del rumbo académico.
Fueron sus raíces las que evitaron que siguiera perdiéndose en las calles y la rebeldía, específicamente su abuela, cuando un grupo de jóvenes la increpó sobre sus orígenes, ella negó su origen iraní —se dijo francesa—, pero escuchó la voz de su abuela recriminándole su falta de dignidad. Marjane de se dio la vuelta y confrontó a quienes la miraban con desdén y les gritó: «¡Soy Iraní y estoy orgullosa de serlo!». Esta escena la narra de manera excepcional en su biografía, siendo un hito que le ayudó a recuperar su identidad y no dejarse consumir por el desprecio europeo.

DE VUELTA A IRÁN
Volvió a Irán y estudió Comunicación Visual en la Universidad de Teherán y se casó joven, sin embargo, el régimen instalado teocrático ya no la dejó embonar. Así que en 1994 se marcha definitivamente a Francia, ahí fue adoptada y encontró su verdadero canal de comunicación: su voz auténtica.
DESPERTAR ARTÍSTICO
Con su formación de diseñadora e ilustradora, no imaginó que su llegada a Francia la encausara a conocer autores de la vanguardia del cómic francés: David B. —autor de La Ascención del Gran Mal—, quien observó su enorme potencial. Él le enseñó la manera en que el cómic se incrustaba en la literatura —a pesar de no ser un género tan validado—, a través de la narración de tragedias reales, impulsándola a dibujar Persépolis.
Fue el negro y el blanco —en una época moderna donde lo que no tiene color es visto como viejo—, los colores artísticos que le dieron su estilo visual. Esta dualidad estaba fuertemente influenciada por el expresionismo alemán, las miniaturas persas tradicionales y los grabados antiguos.

DESMINTIFICACIÓN DE IRÁN
Dentro de sus declaraciones sobre el objetivo de su expresionismo, Satrapi siempre comentó que escribía para que Occidente supiera que el pueblo iraní no es un vertedero de fanáticos religiosos. Mostró la idiosincrasia dentro de las casas de Teherán, donde se escucha a Iron Maiden, se baila, se sufre y se ama igual que en Nueva York o París.
A pesar de tocar temas sensibles, Satrapi hablaba de la tortura o la guerra con un desborde de humor ácido e inteligente. Ella veía a la risa como un arma de resistencia contra la tiranía.
FEMINISMO ORGÁNICO
Recordaremos a sus personajes femeninos —su madre, su abuela y a ella—, como mujeres imperfectas, libres, fuertes y complejas. Especialmente a su abuela, una mujer que se ponía jazmines en el sujetador para oler bien, dándole consejos sin tapujos sobre la vida adulta: el divorcio y la dignidad.
HASTA SIEMPRE
Marjane Satrapi se ha marchado, pero nos deja un mapa en blanco y negro para entender la libertad. Hoy, mientras el mundo asimila la ausencia de su voz volcánica, es imposible no imaginarla reencontrándose con sus padres, con su tío Anush y, por supuesto, con aquella abuela de dignidad inquebrantable. Satrapi ya no habita este suelo, pero cada vez que alguien abra las páginas de Persépolis, cada vez que una mujer decida no callar ante el opresor, el aire volverá a impregnarse con ese eterno aroma a jazmines que ella nos enseñó a rescatar del fango. Descanse en paz, la eterna rebelde.
El 4 de junio del 2026 se dio a conocer el lamentable fallecimiento de Marjane Satrapi (1969-2026).



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