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Gritos desde el Alma

  • Foto del escritor: Irving Arreguin
    Irving Arreguin
  • hace 9 horas
  • 3 Min. de lectura

De Juan Ortiz


Hay libros que uno abre con cierta cortesía y cierra con respeto genuino. Relatos desde el grito es uno de ellos.

Estoy acostumbrado a leer a autores autopublicados o que no llevan la marca de editoriales reconocidas mundialmente, esto con una doble intención, la primera poder conectar con talentos que el mercado actual no premia, no precisamente por la calidad, si no por el marketing. Y segundo, porque nunca dejo de sorprenderme (aunque ya me haya acostumbrado) de leer novelas, poemas o historias, dignas de conocerse por su calidad emocional, transiciones limpias, detalles de escenarios, amplios vocablos y un sinfín de detalles literarios que te hacen sentir que estás conociendo una parte del autor.

Juan Ortiz, nacido en Punta de Piedras, Isla de Margarita, en 1983, construyó esta antología desde un territorio muy específico —geográfico y emocional— y eso, más que cualquier recurso narrativo, es lo que la hace funcionar, pues leí a un psicólogo del espanto, un músico que sabe dónde colocar el silencio, un docente que entiende que la mejor lección es lo que te deja cuestionándote la realidad, y un hijo que no busca enaltecer su legado, sino enmarcar un recuerdo ínfimo que le regrese a sus años mozos.

No estamos ante un escritor que fabrica atmósferas desde la comodidad del artificio literario (hasta donde conozco sus obras), sino ante alguien que tomó los cuentos que circulan entre vecinos, abuelos y parroquianos de un pueblo costero venezolano, los sometió a una forma, y los devolvió convertidos en literatura.

La colección, que en esta segunda edición suma treinta y cinco relatos, transita con soltura entre el terror sobrenatural, el thriller psicológico, la crónica costumbrista y algo que podría llamarse realismo de lo extraño: que yo mismo describo como un espacio en la matrix donde lo cotidiano empieza a fragmentarse en pequeños pedazos que revelan algo perturbador. 

Lo que conecta todos los textos no es el género —porque el género varía— sino la atmósfera. Hay en Juan una inclinación constante hacia la incomodidad sostenida, esa que no proviene del sobresalto sino de la acumulación lenta de detalles que no cuadran del todo.

Lo que más agradezco a Juan, es que mientras leía me confesó que las historias son reales. Y se nota en la libertad de su escritura, no se ve un trabajado forzado por impresionar con adjetivos rimbombantes, en cambio encuentras una voz empírica de quien ha nacido y transcurrido entre el rugido del mar y los lamentos que provocan los velorios pueblerinos.

 

Uno de los puntos más altos es, inevitablemente, "El vendedor de muñecos". En él, Juan nos presenta a un artesano de ojos amarillos cuya mercancía parece retener una chispa de vida demasiado humana. La frase que cierra el relato es un puñal: la nueva virgen del altar tenía un vestido "hecho con una piel muy delicada nunca antes vista en aquel lar". Es ese tipo de detalle el que te revuelve el estómago porque no necesita explicar el horror, y cuando el autor confía en sus lectores no queda más que agradecer.

​Por otro lado, "El cultor" es una pieza mínimamente demoledora. Posiblemente sea el mayor reflejo de Juan en su formación en artes y su sensibilidad social. Es la historia de un hombre que llega a casa con un reconocimiento de cartón mientras su familia pasa hambre. La línea final es una bofetada de realismo: "Si las palabras, el cartón y la tinta se comieran... aquí habría comida para rato". Y después nueve palabras que encierran la realidad de muchos.

​También destaca "El secreto de Damián", un thriller (recuerden que son historias reales) que utiliza el recurso del trasplante para hablar de la memoria celular y la venganza. El epitafio que cita Juan en este cuento es dantesco: "Mi corazón seguirá después de mí... hasta que dé con los tuyos y mi venganza sea cubierta".

​Pienso con seguridad que la edición de 2025 nos entrega a un Juan maduro, que ya no vive en su isla sino en Buenos Aires, pero que se llevó consigo voces agradecidas. Es un libro que huele a tierra mojada y a miedo viejo.

Si buscan historias de fantasmas, las encontrarán; pero si buscan entender por qué el ser humano le teme tanto a la oscuridad, en estos relatos hallarán respuestas que quizá preferirían no haber conocido.

​Como bien dice uno de sus personajes en el cuento "A vender! ¡A vender!": "Las matas hablan, los pájaros se dicen cosas... y uno está allí... y escucha sus voces". Juan Ortiz escuchó esas voces, así que ahora tendré cuidado con lo que digo frente a él.

Irving Arreguin (México, 2026).

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