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El Telonero

  • Foto del escritor: Irving Arreguin
    Irving Arreguin
  • hace 9 horas
  • 10 Min. de lectura

El anfiteatro debería estar listo para el gran día, únicamente el telonero permanecía manteniendo limpio el lugar. Tras el escenario, el murmullo de las voces se reducía conforme el elenco se marchaba, hasta que solo quedó el silencio espeso de las maderas viejas.

​Gary había terminado de limpiar, al menos eso fue lo que me dijo cuando lo senté frente a mí en el despacho improvisado del camerino principal.

​—¿Qué es lo que hacías exactamente? —pregunté, observando su rostro amarillento. Tenía los labios apretados, morados y temblorosos.

​—Limpiaba. Teodoro siempre me pide repasar los telones

​—¿Tu labor se limita a la limpieza? —Asintió con un movimiento mecánico.

​—Solo me faltaban los camerinos del fondo. Recuerdo que volví al escenario porque olvidé mi trapo para los espejos. Pero entonces escuché un ruido. fue algo seco, como si una rama verde se partiera a la mitad.

​Gary me explicó que se asomó por la rendija de los tablones que daban a la recámara de cambio rápido. El lugar estaba en penumbra, iluminado apenas por la lámpara de pie que Natalia usaba para retocarse el maquillaje.

​—Vi una sombra —continuó Gary, bajando la voz—. Una silueta enorme, de casi dos metros, sin un solo pelo en la cabeza. Creo que era Teodoro, el director. Estaba encima de Natalia. Ella intentaba gritar, pero la sombra era demasiado pesada.

​—¿Estás seguro de que era Teodoro Arévalo? —le interrumpí, mientras anotaba.

​—¿Quién más podría ser? Teodoro está pelón y es grande —Gary susurró—. Ella era su preferida. Muchos dicen que tienen una relación, aunque yo solo los vi actuar. Pero le juro que esa noche... esa sombra sin pelo la estaba devorando.

​Desvié la vista hacia la lámpara de pie embestida en piedras negras que estaba en el rincón del camerino

​—Natalia es una actriz brillante, ¿no es así? —pregunté para cambiar el rumbo de su angustia.

​—La mejor. Se aprendía los diálogos de un tirón, encarnaba personajes como nadie. Pero lo más extraño, detective, es que yo la vi morir, pero luego la vi caminando.

El análisis era claro: Un hombre juraba haber visto un asesinato, pero no había cuerpo, o sí lo había, pero no estaba muerto.

Nadie se negó a colaborar. El siguiente fue Teodoro, el director del grupo teatral, un hombre alto y fornido como un ropero, con el cabello al revés, nacido de la barba.

—Natalia es brillante, es lo que dicen sus compañeros.

—Lo es por mí —se sentó y sus nalgas redujeron la silla—. Era un libro con buena sinopsis, pero yo la convertí en un best seller.

—¿Dónde estaba en el momento en que Gary observó el asesinato?

—Querrá decir el supuesto asesinato, investigadora. Agradezco su preocupación —sonrió. Pude ver su rostro maquillado, los ojos ligeramente marcados por un delineador y un ligero brillo en los labios—. Pero aquí está Natalia. ¿Qué piensa investigar? No hay desaparición alguna que denunciar.

—No vengo por una desaparición, señor Teodoro, es el asesinato.

—Le dije que cooperaría —cruzó las piernas y dejó ver la desnudez de sus tobillos—. Yo estaba en el teatro, con Natalia.

—¿Es posible que Gary haya confundido lo que vio con algún ensayo?

—El personaje de Natalia, Garrina, en realidad no muere.

—¿Qué pudo haber visto Gary?

—Probablemente alucinaciones.

—Interesante... —escribí «alucinaciones».

—¿Qué escribe?

—¿Qué es lo que más le gusta de Natalia?

Teodoro elevó la otra pierna por encima de su rodilla.

—Su profesionalismo.

—Qué ambiguo. Vamos, es un hombre de teatro, seguro tiene más por decir.

—Me refiero a todo. Es entregada, se aprende los diálogos, es un títere... en el lárgot teatral, puede hacer lo que uno le diga, se convierte en un animal en celo si la historia lo requiere y luego es un feto abandonado en medio de la ciudad.

—Le gusta lo que le entrega como actriz —acerqué mi silla a él, pude ver con mayor detalle lo mucho que brillaban sus labios sobre sus dientes amarillos—. Pero, ¿qué le gusta de Natalia realmente?

El color se le subió al rostro.

—Es bella, ¿no lo cree? —Lo era, sobre todo para un hombre como Teodoro que buscaba sentirse joven en compañía de mujeres que tenían la mitad de su edad. Cabellos rizados y rubios, el labio inferior grueso con una piel que emulaba la nieve. Ojos rasgados y simétricos sobre una nariz que parecía desaparecer cuando sonreía.

—Lo es.

—Bueno. Puedo decirle que sonríe cuando la halagan y que me gusta el aroma que produce su cabello cuando lo coloca detrás de su oreja. Que el lunar de su hombro parece una conexión con los hoyuelos que aparecen cuando sonríe...

—¿En qué hombro está el lunar? —pregunté sin separar la pluma de mi libreta.

—Izquierdo —se frotó la calva y miró al techo—. No, es el derecho. Sí, en el derecho.  

El pecho de Teodoro parecía hincharse con cada pregunta que le hacía. Había conocido a otros asesinos que se veían orgullosos de sus actos, pero él tenía una ligera reacción de espectador, como vouyerista.

Le pedí al director que esperara fuera. Puse rumbo al escenario principal. Observé las veinte filas que se estiraban hacia el sur. Mientras caminaba sobre la escenificación, «que parecía un viejo parque de los ochenta, con sus árboles crecidos de la copa, sus bancas de metal pesado y aquellos adornos de bandas de rock en español», sentí un ligero vacío en mis pies. La madera estaba bien colocada, una tras otra, pero el sonido era diferente.

—Estoy lista, investigadora.

—Llámame Lucía —le pedí a Natalia.

Caminó hacia el centro del escenario con una gracia infantil. Parecía disfrutarlo aunque no estuviera actuando, como si fuera un juguete nuevo. Pero en mis notas me habían informado que llevaba casi una década haciéndolo.

Miré su sonrisa que se repetía por cualquier cosa. Ahí estaban esos hoyuelos que tanto presumió Teodoro. La comparé con la foto que tenía. Era ella. Pero si Natalia era Natalia, ¿quién murió según Gary?

—Lucía —su voz rompió con el eco que seguía ocasionando mi peso sobre la tabla—. Siento que Gary te haya hecho perder el tiempo con sus fantasías.

—Tedoro piensa que son alucinaciones —anoté «fantasías».

—No conozco al telonero lo suficiente, pero sí puedo decirte que estoy aquí. Parece buen chico, pero creo que puede confundir la intensidad de nuestros ensayos con la violencia real. A veces, la línea entre el personaje y nosotros no es tan visible para quien no está acostumbrado.

—Sin duda es algo difícil de borrar—dije mientras observaba su hombro—. Teodoro dice que eres como un títere y que él puede convertirte en lo que quiere. ¿A caso te pidió hacer algo que se salió de control?

Soltó una risa frágil, como si la estuviera inventando.

—Exagera. Le gusta creer que es el creador de muchas cosas, pero la magia la ponemos nosotros, los actores.

Los ademanes que hizo levantaron una estela de su aroma. No era delicado, era potente, agrio incluso, parecía que evitaba escapar el verdadero aroma que había debajo de ella.

—Natalia, él me dijo un detalle casi encantador que no he logrado olvidar —caminé a su alrededor, pude escuchar su chamarra de cuero crujir cuando rozamos los cuerpos—. Me dijo que tienes un lunar que hace una conexión con tus hoyuelos.

Observé la incomodidad en su cuerpo.

—Teo es un romántico. Uno absurdo, diría yo.

—Dijo que estaba en tu hombro derecho. ¿Puedo verlo? Tu vestuario lo cubre.

Natalia no vaciló. Sonrió con frialdad mientras se despojó la ropa. Ahí estaba: un pequeño punto oscuro sobre la piel nívea de su hombro derecho.

—Ahí lo tienes, Lucía, ¿satisfecha?

Guardé mi libreta mientras asentía. Recordé a Teodoro corrigiéndose sobre la ubicación de su lunar. Parecía un hombre obsesionado con los detalles.

—Es perfecto —mentí—. Tan perfecto que parece colocado con la precisión de un escenógrafo.

Me agaché fingiendo abrochar la correa de mis botas, pero en realidad rocé la madera con la punta de mis dedos. Confirmé el vacío debajo.

—Por cierto —me levanté hasta que nuestras miradas chocaron—. Gary mencionó que te vio distinta de ayer a hoy.

—Tal vez menosprecié a Gary y en realidad es un hombre sensible—respondió ella, dando un paso hacia atrás, alejándose de la zona del sonido hueco—. No soy la misma nunca. Es mi trabajo. Y si no hay más preguntas, tengo un monólogo que repasar.

—Por supuesto. Solo una cosa más —la tomé de los hombros, vi en sus ojos la sorpresa que le profirió mi fuerza sobre su estilizado cuerpo—. Párate un momento aquí —la coloqué en el ángulo perfecto donde la lámpara de pie, embestida con piedras negras, apuntaba hacia la parte trasera del escenario.

Natalia no agregó nada. Se quedó inmóvil bajo el foco, proyectando una sombra que superó la altura de los árboles falsos. Di la vuelta y caminé hacia la salida.

El rostro amarillento de Gary volvió a aparecer en el sillón del camerino. Me esperaba estrujando el trapo de limpieza entre sus manos. Su mirada se perdía entre las tablas del escenario, como si se aferrara a la cordura que pensaba tener.

—Necesito que hagas un esfuerzo—dije con tono de madre mientras me sentaba a su lado—. Dijiste que viste a Natalia salir por la puerta contigua después de verla morir y escuchar aquel ruido. ¿Llevaba algo en las manos?

Gary miró las suyas.

—No... bueno, sí —balbuceó—. Llevaba una caja de maquillaje, metálica. Pero caminaba raro, como si se hubiera caído, como si los pies le pesaran. Y el olor...

—¿Qué olor, Gary? —Me incliné hacia él.

—Ella siempre huele a gardenias, pero es difícil de explicar. No se perfuma, yo la he visto tras bambalinas —se ruborizó de inmediato y escondió sus ojos tras sus pobladas cejas—. Es su sello, investigadora Lucía. Y ayer olía a... tierra mojada y a algo rancio, como el sótano del teatro que nunca abren. Olí mi trapo —lo olió frente a mí—, pensé que era lo que acababa de limpiar, pero el olor venía de ella.

Anoté «tierra y encierro». Sentí la presencia de alguien en el umbral.

—Adelante Teodoro —dije sin voltear.

—¿Tan buena es para saber quién se eclipsa su espalda? —Sonrió ya frente a mí.

—Es el olor, estimado.

Comencé a tomar notas con mi mano derecha, dejando que el silencio de su presencia se prolongara.

—Curioso —dijo el director rompiendo con el mutismo de la oficina improvisada—. La primera vez que la vi, juraría que usted anotó mis datos con la mano izquierda, Lucía.

Detuve la escritura y levanté la vista hasta que encontré la suya.

—De todo lo posible se fijó en mi manera de escribir —sonreí —, curioso. Pero soy diestra, Teodoro.

—Vaya, error mío —rio él, frotándose la barba—. Los ojos me engañan, además de la edad, las horas que paso en el teatro identificando errores invisibles empiezan a crear imágenes invertidas.

—¿Cómo un espejo? —Solté con frialdad.

Teodoro no se inmutó, pero se acercó lentamente, estaba intimidándome. Y en ese movimiento hacia mí, sentí una punzada nauseabunda. El aroma era inconfundible: la misma nota agria y rancia, el olor a humedad de tumba que Gary había descrito, pero ahora emanaba de la barba del director.

—Natalia y el elenco están listos para el estreno —dijo él, ignorando mi comentario—. La invito a verla, quedará maravillada.

Asentí con amabilidad y me fui a ocupar mi lugar como espectadora.

Ahora tenía dos olores en mi libreta, el que percibí en el escenario era similiar al de Teodoro, pero había una capa de madera fresca que lo hacía más consumible. Sin embargo, aún no lograba decifrar dónde estaba el cuerpo, si es que existía.

La obra era una tragedia oscura. El lugar se llenó en cuanto las puertas se abrieron. Natalia apareció en escena bajo un faro solitario que daba la impresión que veíamos una película vieja. Estaba sublime. Pero cuando se acercó al borde del proscenio para su monólogo final, la luz del reflector iluminó sus labios. Un destello aceitoso y húmedo prolongó su sonrisa, no era el sudor de la actuación, sino el mismo gloss que había visto en Teodoro.

El telón cayó, los aplausos aparecieron y los gritos inundaron el recinto. Las luces se encendieron y yo subí al escenario.

—Felicidades —mi voz cortó el júbilo.

—Lucía —interrumpió Teodoro—, lamento que hayas perdido el tiempo, al menos pudiste encontrar un poco de diversión con la obra...

—No solo eso, director —sonreí—, ha sido un placer ver la obra, sobre todo ver a Natalia actuar. O debería decir... la otra Natalia.

—¿A qué juega investigadora? —Teodoro dejó la copa de cristal

—Que aún no encuentro el cuerpo, y no creo que siga aquí, con el calor del momento, sé que el olor de la verdadera Natalia llegó hasta ustedes —ambos callaron. El resto del elenco dio un paso hacia atrás—. Gary sí vio un asesinato, también acertó en ver a Natalia morir, pero se equivocó en quién la mató —miré a Gary que seguía estrujando el trapo de limpieza—. Lo que viste fue la sombra prolongada del cuerpo de ella —señalé a la falsa —. Se postró en el ángulo del farol —me puse en la misma posición que debió haber visto Gary y mi sombra se proyectó por encima de los falsos árboles—. No viste cabello en aquella sombra, porque la falsa Natalia llevaba la cofia que se coloca para después usar la peluca de su personaje. Después viste a alguien idéntica a Natalia, pero acertaste de nuevo, caminaba diferente. Las piernas tiemblan cuando el cuerpo es expuesto a una situación de peligro o con adrenalina. Matar es una actividad demandante.

La actriz palideció, pero mantuvo la barbilla en alto.

—Usted se pintó ese lunar en el hombro derecho —continué señalándola—. Pero, cometió un error de principiante. Natalia y usted compartían la voz, los ojos, el cabello, vamos, hasta el apellido, excepto ese lunar y pensó que sería preciso dibujarlo. Toda la vida vio a su hermana de frente. Sin embargo, no entendió que, para ser ella, debía ser su reflejo exacto, y Teodoro lo sabía, por eso titubeó sobre la ubicación exacta. Director —lo miré con frialdad —, usted conoce ese lunar por tacto, no solo por vista. Además, sí soy zurda, acertó, porque es un experto en analizar a la gente, no podía escaparse un detalle tan ínfimo como el lunar de la verdadera Natalia.

—Son alucinaciones —escupió Teodoro, pero ya sin fuerzas, su labio inferior tembló.

—Es química —contesté—. Cuando entrevisté a “Natalia” hace unas horas, ella no olía más que a perfume. Pero usted, es nuestra segunda charla, olía a la muerte que había aquí abajo —di dos pasos de soldado sobre la tarima hueca—. Bajó al sótano después de nuestro primer encuentro para mover el cuerpo, pero el olor se le pegó a la piel. Y luego... —miré el brillo en los labios de ambos— sellaron su pacto en un beso. Teodoro no mató a nadie, no con sus manos. Fue ella, su hermana, lo hizó para quedarse con el papel de actriz. Y seguramente usted le ordenó —señalé al director—. Felicidades, al fin tiene al títere perfecto.

Me equivoqué en algo: el cuerpo no se había ido.

Bajo la tarima, entre el polvo y el olvido del sótano, Natalia estaba ahí. Era la imagen exacta de la mujer que temblaba a mi lado, con los mismos rizos y la misma piel de nieve, pero con una diferencia que ningún maquillaje podría replicar: sus labios estaban secos, carecían de ese brillo aceitoso, y su lunar, auténtico y profundo, descansaba para siempre en el hombro izquierdo.


Por Irving Arreguin (México, 2026).

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