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Los martes del panteón - Ray Verdugo Vega

  • Foto del escritor: Irving Arreguin
    Irving Arreguin
  • 11 jul
  • 13 min de lectura

SINOPSIS

«Los martes del panteón» es un relato del autor mexicano Ray Verdugo Vega, publicado en la primera edición de Revista Umbrícola. Ambientado en la atmósfera fantasmal de un panteón rural, narra la cotidianidad de Doña Amelia, Verónica, Gertrudis y Eduviges, mujeres que conviven con los murmullos de quienes no terminan de morirse. A través de diálogos cargados de realismo mágico y gótico mexicano, el cuento desvela cómo la tierra abre una hendija profunda para obligar a un pueblo entero a escuchar las culpas y secretos que los hombres prefirieron callar en vida.


Doña Amelia decía que los martes crujían raro, desde muy adentro cuando alguien les torcía un hueso. Lo decía sin mucha convicción, mirando ese punto impreciso donde empiezan a doblarse las calles, y uno ya sabe que es el recuerdo del viento. Así empezó desde antes la plática, cuando entre el polvo se oyó:

—¿Por qué siempre vienes en martes, Verónica? —preguntó Doña Amelia, a medio chile, acomodándose luria el rebozo —. La harina ese día se amarga. Se engorgoja apenas te siente entrar.

Verónica se quedó mirando la ausencia de la calle, esperando que algo apareciera al doblar la esquina equivocada.

—Es que mis manos no conocen otro día — dijo—. El lunes no pasa de la garganta, se queda ahí, esperando. Y el miércoles... bueno, el miércoles siempre amanece con olor a muerte.

Detrás, entre las rejas oxidadas del panteón, Gertrudis y Eduviges se inclinaban sobre las tumbas con una paciencia mineral. Pasaban la mano por los epitafios, tanteando que su sueño aún siguiera ahí.

—No barran tan fuerte —dijo Gertrudis—. Después se despiertan los que no tienen nada que decir.

—Ay, mujer —respondió Eduviges, sin molestarse en levantar la mirada—. Si ya están despiertos desde que se callaron las campanas. Ahora hablan de noche, a cualquier hora.

No saben estar solos. Hubo un silencio. El viento sopló lento y las cuatro se quedaron quietas, escuchando ese rumor húmedo que venía desde el fondo de la tierra, el que rasca las sienes.

—Dicen que anoche vieron a Don Malverde caminar por la calle larga —susurró Verónica—. Pero él murió hace veinte años...

—Aquí los muertos no terminan de morirse —dijo Doña Amelia—. Se quedan esperando que uno les diga algo. Cualquier cosa. Un sí, un no, un “ya no me acuerdo”. Hablan para que no se les borre el nombre.

Gertrudis levantó entonces la cabeza. Tenía los dedos blancos de haber estado amasando luz.

—Anoche Andrés me llamó —dijo—. Me pidió flores nuevas. Las otras estaban cansadas.

—Y yo escuché a mi muchacho —dijo Eduviges, con esa voz que no sabe si quebrarse o seguir—. Dijo que tenía frío. Que la sombra de los mezquites se le estaba desgastando.

Otra ráfaga entre chamizos. Las puertas de las casas vacías se quejaron con oxidados chirridos.

Y entonces pasó algo que ninguna dijo en voz alta...

Esa tarde, mientras Doña Amelia discutía con Verónica por los martes y la harina, se escuchó un portazo al fondo del callejón, entre las tejas rotas, resonando con el olor a maíz tatemado en el patio que hacía décadas se había secado.

—Fue la casa de los Altamirano— dijo Doña Amelia. —A esa hora les da por abrir, cuando el frío va trepando por los tobillos.

La luz comenzó a menguar con las cuatro voces que seguían murmurando; En mi pueblo los muertos pesamos más que los vivos, las voces se mezclan con otras.

—Gertrudis...

—Eduviges...

—¿Trajeron las flores?

Las dos mujeres del panteón se quedaron quietas cuando empezó el viento; uno puede hacer como que no oye para hacerse el entarugado.

—Ya vamos, Andrés... Ya vamos, mi niño... —respondieron ellas, con las voces temblorosas.

A Verónica se le cayó la bolsa de harina, un polvo blanco subió, una nubecita difusa, un alma que se levantaba.

—No me gusta cuando ellos hablan tan cerca, dijo.

—A mí tampoco —contestó Doña Amelia—. Pero ya ves... Aquí uno aprende a convivir con los que se quedan.

Hechas de aire y memoria, las voces siguieron errándose por las paredes carcomidas, repitiendo nombres en los días de las historias que nadie pidió escuchar.

La casa de los Altamirano, cuando se anegaba de líquidas sombras, primero tenía un rechinido largo, luego un golpe seco; los adobes recordaban el peso de todas las despedidas.

Los viejos decían que por ahí, justo en el umbral, murió Altamirano padre, Don Cascarrabias, con la mirada clavada en el techo, esperando ver a un ángel que nunca llegó.

Yo sé que ni muerto se ha querido ir, porque había dejado deudas con medio pueblo y miedo con la otra mitad. He murmurado entre esas puertas a las cuatro y cinco de la tarde; nadie deja entrar algo... nadie deja salir nada.

Ese ruido cansado, resignado del martes, pestañeaba a destiempo. Verónica empezó a sombrearlo señalando el suelo, tanteando una realidad que no cuajaba. Las otras, transparentes en su palidez, recordaban ese pequeñito roce, el que le dió sentido a sus muertes.

—Se abrió la hendija —dijo Doña Amelia, hablándole más al polvo que a las otras. Gertrudis bajó los ojos hacia sus manos y comenzó a frotarlas, una contra la otra, sin que ninguna se le desprendiera.

—Desde antes que enterraran a Don Julián... Años ásperos que no se abría.

—¿Y qué augurio tendrá eso? —preguntó Eduviges.

Doña Amelia se lurió acomodándose el rebozo, y como cada martes, contestó:

—Vinieron a sepultar a uno de los que callaron.

Desde el fondo, donde la luz llegaba tarde y malhumorada, se oyó un susurro más hondo, una caída de tierra desde adentro de un derrumbe.

Las mujeres se quedaron alrededor de la misma tumba, esa que conocían. La hendija seguía ahí, respirando lenta, esperando... el mismo martes, ese donde acababa de cerrar los ojos.

La luz se retiró del fondo cansada de insistir, el panteón quedó suspendido en una turbia claridad; Verónica dejó de sombrear el suelo; El suelo las señalaba a ellas.

—¿Y ahora qué? — preguntó Eduviges.

Doña Amelia miraba la hendija y no respondió. Sin parpadear, supe que el martes aún no terminaba; alguien más tendría que callar para que la tierra se cerrará. Era tarde, las otras sentían blando el suelo, la tierra aprendía la forma de los cuerpos.

Respirando más hondo, la hendija nos devolvió el martes repitiéndose: los años ásperos acumulándose sin ruido, la boca cerrada de Don Julián, el entierro mal contado.

Aquí no nos morimos, sólo aprendemos a esperar. Doña Amelia se apretó su rebozo contra el pecho, entonces de una tumba se oyó una voz en pedacitos, suspiros en sílabas rotas, frases arrastradas, la hendija se abrió más encogiendo la tarde.

—Por eso pesan cuando se callan. — dijo Eduviges, en ese tono que se le oía antes cuando todavía tenía marido y la noche se llenaba de pasos ajenos. —Don Julián tampoco se fue de golpe, se quedó mirándonos desde aquí abajo.

Verónica siguió marcando el suelo con la punta del pie, acompasada en los latidos de algo que seguía vivo, el roce del polvo sin saber a dónde ir.

—Todavía la tierra no se asienta, tarda en reconocer a los nuevos— murmuró Gertrudis agachada. Ninguno nos movimos. El aire espeso rumiando las culpas de la noche anterior, pegándose a los párpados. La hendija exhaló un vaho tibio, un olor topacio a humedad cuando ya nadie nos llama...

Del fondo del callejón, donde la tarde se iba quedando sin cuerpo, el susurro volvió a caer, pero ya no como ruido sino como presencia. Algo descendía despacito, la tierra estaba recordando su costumbre de tragarse a los hombres. Verónica fue la primera en sentirlo.

—Ya están bajando otra vez —dijo, sin mirar a nadie. No era miedo. En los pueblos viejos el miedo se gasta pronto. Era más bien esa incomodidad de cuando lo invisible se acerca demasiado y empieza a tener peso.

Gertrudis dejó de frotarse las manos. Eduviges levantó el rostro hacia la tumba. La hendija, apenas una línea oscura, latía impaciente.

—¿Quién fue ahora? —preguntó Eduviges. Doña Amelia no contestó en chinga.

Escuchaba. Siempre escuchaba antes de hablar, otra sombra le dictaba las respuestas desde debajo del suelo.

El viento cruzó el camposanto cargando de murmullos y chamizos. Nombres que ya nadie pronunciaba ni en voz baja. Pasos que no tocaban la grava. Una tos seca, conocida.

Entonces, la tierra cedió un poco. No mucho. Apenas lo suficiente para que el polvo respirara.

—Uno que vivió cerrando la boca —dijo por fin Doña Amelia—. De esos que mueren dos veces: cuando los entierran... y cuando empiezan a decir lo que callaron. Verónica tragó saliva.

—¿Y qué fue lo que guardó? Doña Amelia la miró con esa calma que sólo tienen quienes llevan demasiados entierros encima.

—Aquí nadie guarda una sola cosa, m'hija. Guardan culpas, guardan promesas, guardan amores mal puestos... Guardan hasta los martes. La hendija se ensanchó un poco más.

Un olor viejo, húmedo comenzó a subir. No era exactamente tierra. Era algo más íntimo, más humano, como memoria descompuesta. Gertrudis dio un paso atrás.

—Ya empezó a acordarse —susurró. Y entonces lo oyeron. No una voz, varias, encaramadas unas con otras, fatigadas, habían estado esperando décadas para salir juntas.

—Amelia... —No fue culpa mía... —Yo sí lo vi... —Era martes... Verónica cerró los ojos. El polvo volvió a levantarse, lento, resignado, como alma acostumbrada a repetir su camino. Doña Amelia, como siempre luria, se acomodó el rebozo.

—Déjenlo hablar —dijo—. Para eso se abren las hendijas. Y el camposanto, que ya casi no distinguía entre tarde y recuerdo, se quedó escuchando lo que la tierra, por fin, había decidido devolver.

Las voces no salieron de golpe. Fueron subiendo despacio, les dolía atravesar la tierra después de tanto encierro. Primero un aliento. Luego una sílaba rota. Después, la respiración cansada de quien ya no tiene cuerpo pero conserva la costumbre de quejarse.

—Amelia... Doña Amelia no se movió. Apenas ladeó la cabeza, reconociendo ese ruido doméstico, algo que había escuchado demasiadas veces en vida.

—Pos ya habla de una vez —murmuró. La hendija tembló, como boca.

Gertrudis sintió que el aire se le hacía más espeso, más pesado, como amasando la tarde. Eduviges apretó el rosario, aunque ya ni se acordaba cuándo había empezado a traerlo.

—Yo sí lo vi... —insistió la voz, ahora menos deshecha. El viento dejó de cruzar. Hasta los chamizos se quedaron quietos. En los pueblos viejos hasta el silencio sabe cuándo conviene escuchar

—No fue culpa mía... Verónica abrió los ojos apenas.

—Siempre dicen eso —susurró. Pero nadie le respondió. Porque la tierra volvió a ceder.

Un poco más. Lo suficiente para que algo parecido a una sombra comenzara a delinearse en el polvo, una forma incompleta, mal recordada, hecha más de ausencia que de figura.

—Era martes... Doña Amelia cerró los ojos, por memoria.

—Todos creen que fue por el martes —dijo con voz baja, gastada—. Los días no tenían la culpa de lo que hacen los hombres. La sombra se estremeció.

—Yo no quería... —Nadie quiere nunca —contestó Doña Amelia—. Pero igual lo hacen.

Gertrudis se mordía las uñas. —¿Qué fue lo que hizo? Doña Amelia tardó en responder. Como siempre, las palabras tenían que subir también desde la misma hendija.

—Calló. Las otras la miraron. —¿Calló? —Calló cuando debía hablar... y habló cuando ya no servía, chintruela. El polvo giró. La sombra se deshizo un poco, como recuerdo mal sostenido.

—Amelia... Ahora la voz sonaba menos lejana. Más arrepentida. Doña Amelia abrió los ojos. Y por primera vez en toda la tarde, algo en su rostro dejó de ser costumbre.

—Pos sí —dijo—. Ya ves que aquí seguimos. La hendija respiró hondo. Por fin encontró aire después de décadas bajo la tierra. Y el camposanto, resignado, cansado de repetir muertos, volvió a quedarse en esa quietud vieja donde ya no se sabe si lo que pesa más son los vivos... o lo que todavía no termina de morir.

La sombra no volvió a hablar de inmediato. Se quedó ahí, suspendida, le costaba sostenerse fuera de la tierra, la memoria también tenía huesos cansados. El polvo descendió poco a poco. Pero la hendija seguía respirando. Eso era lo que más me inquietaba. No el murmullo. No la voz. Sino esa respiración lenta, terca, de algo que no terminaba de acomodarse ni abajo ni arriba. Verónica fue la primera en quebrar el silencio.

—¿Y ya con eso? —preguntó—. ¿Nomás vino a decir que calló? Doña Amelia no la miró. Seguía atenta al suelo.

—Los que callaron nunca vienen nomás a una cosa.

La sombra pareció densificarse apenas, la frase la había tocado. Eduviges sintió un escalofrío que no venía del aire.

—¿Qué más guardaste? —preguntó, casi en ruego. Entonces ocurrió una filtración.

Algo comenzó a escurrirse desde la hendija. Una presencia espesa que fue ocupando el espacio entre nosotros. Y con ella, otras voces. Más bajas. Más íntimas. Más insoportables.

—Yo sabía... —Yo también... —Nadie dijo nada... Gertrudis retrocedió. —No... — susurró. Doña Amelia apretó los labios. Porque ya entendía. Siempre entendía primero.

—No callaste solo —dijo. La sombra tembló. Como herida recién tocada.

—Todos callaron —continuó Doña Amelia.

Por eso la tierra pesa distinto en esa tumba. El viento regresó de golpe, como inquietud. Los chamizos se agitaron. La tarde se encogió.

—No fue culpa mía... —repitió la voz, ahora deshecha otra vez.

—No —dijo Doña Amelia—. Fue de todos. Mme pushi vera'h.

Nadie protestó. Nadie se defendió. Porque en los pueblos viejos las verdades no se discuten. Se reconocen. El polvo volvió a levantarse. Pero ya no como alma. Como recuerdo colectivo. Como algo que nunca terminó de enterrarse. La hendija, satisfecha, comenzó a cerrarse lentamente, con esa parsimonia cruel de la tierra que siempre acaba reclamando lo suyo. Y el camposanto volvió a su fría quietud, pesada, densa, donde el silencio ya no es ausencia de ruido... sino acumulación de cosas que jamás se dijeron.

La tierra terminó de cerrarse con un suspiro opaco y cansado. No fue un golpe ni un derrumbe, sino ese acomodo lento con que el suelo acepta lo que ya conoce. Pero algo había quedado arriba. No la sombra. Eso no. Algo más difícil de sepultar. Verónica lo sintió primero, como siempre.

—Se quedó —dijo. Gertrudis miró alrededor, nerviosa, esperando ver una figura escondida entre las cruces.

—¿Quién? Doña Amelia negó apenas con la cabeza.

—No es quién. Era cierto. No había presencia. Había peso. Una densidad rara en el aire, como cuando una palabra intenta decirse, pero no encuentra boca. Eduviges aflojó el rosario.

—¿Y ahora qué hacemos? Doña Amelia la miró con ojitos de cochi camelando una guayaba detrás de un alambre de púas.

—Nada. —¿Nada? —repitió Verónica.

—Nada —insistió Doña Amelia—. Aquí nunca se hace nada. Las cosas nomás... se quedan. El viento volvió a pasar, ya sin dramatismo, arrastrando polvo viejo, hojas secas, murmullos que no terminaban de irse. El camposanto estaba rumiando lo escuchado. Gertrudis se abrazó los brazos.

—Qué cansancio... —Así son los recuerdos que se desentierran —me dijo Doña Amelia—. No espantan. Agotan.

La tarde, ya casi sin luz, empezó a borrarse entre los nichos y las lápidas torcidas y alguna que otra vela encendida. Los chamizos, otra vez quietos, habían olvidado el episodio. Pero nosotros no. Nunca se olvida lo que apenas empieza a decirse después de muerto. Verónica recogió la bolsa de harina, todavía manchada de polvo. La sacudió. Inútilmente.

El blanco ya no era blanco.

—Siempre pasa igual —murmuró. Doña Amelia, más luria, se acomodó el rebozo. — Siempre. Y el camposanto, indiferente, volvió a su vieja rutina: guardar silencios, madurar culpas, esperar, como cada martes, la próxima cosa que la tierra decidiera recordar.

La bruma cubría el camino hasta la fosa, y la tierra removida olía a humedad vieja. El viento traía un murmullo de hojas y polvo, y el cielo encogido, pesado sobre los hombros de quienes miraban.

—No debió morir tan joven —dijo Doña Amelia, con la voz achicopalada, temiendo romper el silencio que la noche había impuesto.

—Siempre se va quien menos lo espera — respondió Verónica, apoyándose en la rama de un mezquite que crujía como un lamento. Eduviges seguía con sus ojos yertos cada movimiento de la pala que hundía la tierra; Las voces sonaban más apagadas que el murmullo de los perros que ladraban lejos.

—La muerte no entiende de tiempo ni de amor —susurró Gertrudis, y un escalofrío recorrió mi espalda, aunque nadie podía verme. El aire absorbía las palabras antes de que alcanzaran mis oídos. Las cuatro permanecieron después calladas, observando cómo la tierra caía sobre el cuerpo, cada puñado un golpe lento y definitivo. Un gallo cantó en la distancia, largo y triste, y se mezcló con el crujido de los mezquites y los ladridos apagados de los perros.

—Se llevan un pedazo de todo lo que fuimos —murmuró Doña Amelia, con los ojos fijos en la fosa, y su voz temblorosa.

—O tal vez de lo que aún podríamos ser — dijo Verónica, y su aliento se perdió entre la niebla que se espesaba a su alrededor. Gertrudis cerró los ojos un ratito y dejó escapar un suspiro largo, que se unió a los encabronados maullidos distantes de gatos que se desgreñaban a muerte.

—Que la tierra sea leve —dijo finalmente, pronunciando esas palabras para aliviar algo, aunque nadie supiera qué. La bruma siguió creciendo, y las cuatro figuras permanecieron allí, mudas, inmóviles, presenciando el entierro en un silencio que dolía; La caída de la tierra, los rezos, los ladridos, los maullidos. Todo recordaba la pérdida, la ausencia que no se podía llenar, la tristeza que se asentaba más pesada que la noche misma.

—Nunca volverá —susurró Doña Amelia, y un frío recorrió la fosa, la tierra había escuchado sus palabras y las había hecho propias.

—Y sin embargo, aquí seguimos — respondió Verónica, y Eduviges y Gertrudis apenas asistieron, sin mirar a nadie, sólo podían mirar al vacío que el entierro dejaba detrás de sí. La bruma se tragó la escena lentamente, dejando las voces de las cuatro mujeres flotando en la distancia, entre los ecos de los animales, la tierra húmeda y la penumbra que no se atrevía a disiparse.

El martes amaneció con ese sol que parece que ya viene cansado desde la madrugada.

Nosotros ya estábamos sentados en la barda del panteón, la del otro lado donde no se pone el tianguis, como cada semana. Doña Amelia fue la primera en hablar, porque esa mujer ni muerta aprendió a guardarse nada.

—¿Y ora quién se nos murió hoy? Verónica se asomó entre las cruces, estirando el cuello muy curiosa.

—Parece que es el compadre Melquiades... el de las gallinas ñengas. Eduviges soltó una risita de esas que suenan como hojas secas.

—Pues ya era hora, ese hombre llevaba años ensayando la muerte. Gertrudis nomás mascó silencio, mirando cómo llegaba la gente con flores de plástico y caras guangas de los lunes, aunque fuera martes. Yo me quedé viendo el cortejo desde arriba de la barda. Ser fantasma tiene sus ventajas: uno puede escuchar todo sin que lo callen.

—Mira nomás —dijo Doña Amelia—. Ahí viene la nuera llorando. Pero esa llora igual que cuando se le perdió la cochi, nomás por compromiso. El viento levantó un poco de polvo entre las tumbas, arrastrando varios chamizos. Fue entonces cuando Eduviges entornó los ojos mirando el ataúd.

—A ese no lo velaron aquí —dijo—. Lo trajeron desde Todos Santos. Doña Amelia chasqueó la lengua.

—Pos con razón viene tanta gente. Eduviges siguió mirando hacia el sur, desde la barda se alcanzaba a ver el camino largo de las choyas.

—Antes aquí pasaban burros cargados de caña —dijo Doña Amelia—.

—Ora pasan carros con tablas de surf. Eduviges miró hacia el camino que va pa’ El Pescadero.

—Y dicen que ahora siembran puro orgánico. Gertrudis nomás resopló.

—Pues el muerto de hoy trabajó cuarenta años en el campo... y nunca supo que su lechuga era orgánica.

Verónica levantó la vista hacia el sol que caía derecho sobre las cruces.

—Dicen que el sol cambia cuando cruza el Trópico de cáncer—murmuró.

Doña Amelia se acomodó en la barda como si todavía le pesaran los huesos.

—Sí —dijo—. Por eso aquí los muertos no se enfrían tan rápido. Y mientras enterraban al difunto, nosotros hacíamos lo que mejor sabemos hacer desde que nos volvimos sombra: mirar el mitote de los vivos. Porque, a fin de cuentas, los muertos ya sabemos guardar silencio... pero los vivos no pueden dejar de contar historias.



Ray Verdugo Vega
Ray Verdugo Vega

Sobre el autor: Ray Verdugo Vega escribe desde la frontera entre la memoria, el símbolo y la contemplación. Su obra transita la nostalgia, el surrealismo íntimo y las pequeñas grietas de lo cotidiano, donde conviven grillos nocturnos, caminos brumosos y voces que parecen venir de otra época. Cultiva una prosa de fuerte carga sensorial y una poesía que dialoga con la tradición hispanoamericana sin desprenderse de una voz propia. En redes y espacios literarios ha compartido textos que exploran la melancolía, el tiempo y la extrañeza humana desde una mirada profundamente emocional y simbólica.

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