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El secreto de Damián - Juan Ortíz

  • Foto del escritor: Irving Arreguin
    Irving Arreguin
  • 6 jul
  • 5 min de lectura

José se recuperaba muy lentamente de su trasplante de corazón. Fueron días duros para su familia. Aunque el órgano llegó justo a tiempo —de hecho, de no haberlo recibido, hubiese muerto en días—, el verlo en la cama en coma era devastador para los suyos. Llevaba tendido más de un mes por no haber asimilado del todo su nuevo motor.

El despertar ocurrió justo sesenta días después de la intervención. Su esposa y sus hijos agradecían al cielo el tener de vuelta al tan querido esposo y padre. José, llamado por el agradecimiento, buscó la manera de resarcir a la familia del donante. Sin embargo, nunca se supo nada de ellos, y el hombre debió guardar para sí su hondo deseo.

Los años pasaron, todo transcurría normal, salvo por una serie de pesadillas que empezaron a acosar a José noche tras noche. El hombre tenía un sueño recurrente en el que tomaba un arma y mataba a su familia, para luego acabar con su vida. Lo extraño era que antes de suicidarse en esa visión nocturna lograba ver su rostro en un espejo, pero no era él, sino un hombre con una herida de bala en la cabeza y los sesos chorreando por la mejilla.

Aquel cuadro repetitivo acosó a José durante cinco años. Desesperado, el padre de familia acudió a un especialista que le recetó unos fármacos para poder calmar los síntomas de depresión que le perseguían día a día tras las pesadillas.

Ese mismo martes 13 José comenzó el tratamiento. A las 3:00 a. m., el hombre se levantó temblando de la cama. No podía controlar su cuerpo. Era como si estuviera viendo una película pasar ante sus ojos, sin poder hablar ni hacer nada respecto a lo que ocurría a su alrededor.

Se dirigió al cuarto de los niños, quienes aún dormían, y con una almohada los asfixió a ambos; luego fue de nuevo a su cuarto e hizo lo mismo con su mujer. Mientras cometía los atroces crímenes, el abnegado padre de familia, el adorado esposo, no dejaba de desprender lágrima tras lágrima. Era él, pero no.

Cuando estaba a punto de abandonar el cuarto, pudo verse en el espejo de la peinadora. El sujeto reflejado era el mismo del sueño. José —en ese extraño y oscuro lugar interno en que se hallaba— lloraba, gri-taba y maldecía. No entendía nada. Al salir de casa, el atolondrado hombre se dirigió al uvero de enfrente. Allí le esperaban una silla y un mecate amarrado en lo más alto del árbol. Sin poder evitarlo, se subió al mueble, tomó la soga, la puso alrededor de su cuello y se lanzó.

Momentos antes de perder el aliento, José pudo verse a sí mismo bajo el uvero, al lado de unos 10 hombres. Él lucía pálido y con las marcas de la soga en el cuello, y justo a su lado estaba un hombre con una herida de bala en la cabeza; y sí, era el sujeto del espejo. Los demás espectros mostraban distintas lesiones, propias de quienes se han suicidado.

Cuando por fin se fue la última luz de José, todos los espíritus que yacían abajo viéndolo —incluso él mismo— se fueron a un cercano monte espeso donde esperaba una sombra densa —como la de un gigante hecho de materia negra— en la que se perdieron.

Al día siguiente, nadie en el barrio pudo creer la espeluznante escena presente en la casa de los Morisco. Todos los órganos del hombre fueron donados, para así cumplir con los deseos que dejó por escrito en su testamento. Durante el entierro en el único cementerio de la ciudad —mientras los allegados desconsolados despedían los restos de José y de los suyos—, a mano derecha del sepulcro se podía observar una hilera de diez montones de personas esparcidos de forma equidistante.

 

Cada grupo se encontraba enfrente de un mausoleo familiar llevando flores fúnebres. Lo que debería ser algo cotidiano, resultaba intrigante. Y no porque llevar flores a los muertos sea algo fuera de lo común, sino porque el grupo más próximo al de la familia de José era el de los allegados de Agustín, un hombre que cinco años atrás había matado a toda su familia —su mujer y sus dos hijos— con un arma de fuego, y luego se disparó en la cabeza.

Él, por algo más que casualidad, fue el mismo sujeto que —cinco años antes del día en el que masacró a su familia— también había recibido un trasplante de corazón. Dentro de las escalofriantes coincidencias destaca el hecho de que, a manera de agradecimiento, Agustín se volvió donante, y después de volarse los sesos, su órgano motor fue el que recibió José.

Al lado de la tumba del que se voló los sesos yacía otra familia llevando flores a Pedro, quien diez años atrás cometió un crimen con características muy parecidas a los dos anteriores, y que, igualmente, se había suicidado y era donante, y cuyo corazón fue recibido por Agustín; y así, hasta un décimo grupo de personas, ya más viejas, llevando flores y llorando las casi idénticas desgracias.

Lo más estremecedor fue que los diez mausoleos contenían los cuerpos de cuarenta personas exactamente. Allí, esparcidos, yacían diez hombres, diez mujeres, diez niños y diez niñas, todos de las mismas edades a la hora de morir, con cinco años de diferencia entre los decesos de cada grupo y sin que nadie supiera la relación entre cada familia.

Aunado a esas extrañezas, todas las mujeres y niños, si bien murieron por distintas causas, fueron asesinados por la cabeza del hogar, quien luego terminaba suicidándose, y además, de forma causal, posterior-mente donaba sus órganos.

Lo más misterioso de todo es que al final de esa hilera de tragedias con sus dolientes había una tumba sin nombre, con una lápida negra que contenía un epitafio dantesco que rezaba: «Mi corazón seguirá después de mí, luego de cien muertes, cada una con tres muertes más a cuestas, hasta que dé con los tuyos y mi venganza sea cubierta».

Actualmente, Damián se encuentra sano y estable. Ya van 4 años, 11 meses, 29 días y doce horas de su operación. Todo estaría bien, salvo por esas pesadillas con el hombre pálido de cuello magullado. Ya las pastillas recetadas por el doctor no le hacen mucho efecto. Acaba de dejar a Andrés y a Rosalía en el colegio y va a buscar a su mujer a casa de su suegra. Y no, él no se imagina siquiera lo que tú y yo sabemos.



Sobre el autor: Juan Ortiz es un editor, corrector, escritor y poeta venezolano, fundador y director de Editorial Naufragio y editor en jefe del portal Reseñas Literarias. Desde este espacio impulsa un trabajo integral orientado a difundir la literatura y la historia literaria a nivel global mediante reseñas completas e interconectadas, con un enfoque en el análisis riguroso y la cercanía con el lector. A lo largo de su trayectoria ha colaborado en portales de referencia como Writing Tips Oasis, Lifeder, Actualidad Literatura y Sol de Margarita, experiencias que le han permitido consolidar una visión amplia y actualizada de lo que significa la crítica literaria en el siglo XXI. Con este aprendizaje concibió Reseñas Literarias como un proyecto propio que busca consolidarse como una plataforma de calidad para los amantes de los libros y, al mismo tiempo, como un puente que brinde visibilidad a nuevos autores.


Este relato pertenece a la obra Relatos desde el grito de Juan Ortiz, puedes comprarlo aquí.

 

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